Padres formadores con hijos obedientes

Dice la Biblia en Proverbios 5:1

“Hijo mío, está atento a mi sabiduría y a mi inteligencia inclina tu oído.”

El libro de Proverbios está escrito como una especie de cartas o recomendaciones que un padre le puede o le debe hacer a un hijo. De allí que la frase “hijo mío” se tan repetitiva o tan remarcada. Y ese tono debe entenderse en primer lugar como una obligación dirigida a los padres terrenales de instruir a sus hijos tanto varones como mujeres.

Pero el tono sirve también para ver a Dios como nuestro Padre preocupado y ocupado en instruir a sus hijos sobre todos y cada uno de los aspectos que han de encontrarse a lo largo de su vida, pero inicialmente los judíos escribieron o recopilaron los proverbios para instruir y enseñar a la juventud hebrea.

La primer gran enseñanza del libro de Proverbios es que la formación moral y espiritual de los hijos comienza en la casa. El hogar es la gran universidad para los hijos. Allí se instruye, se entrena, se capacita para enfrentar los problemas de la vida. El proceso enseñanza-aprendizaje que se obtiene del hogar es fundamental para que nuestros hijos sean hombres y mujeres de bien.

Excepcionalmente si el hogar falla en la formación de una persona, el individuo podrá ser formado por la sociedad. Casi generalmente quien rechaza o carece de la formación hogareña difícilmente podrá alcanzar metas o tener las suficientes bases para impulsarse a buscar el bien fuera de su casa.

El padre de Proverbios le ofrece y pide a su hijo atender con toda prontitud sus palabras y sus consejos basados en la sabiduría e inteligencia. Hay dos aspectos interesantes en el texto que hoy meditamos: 1. Un padre que ofrece sabiduría e inteligencia y 2. Un hijo que necesita tanto sabiduría como inteligencia.

Los padres deben ofrecer a sus hijos no tanto conocimiento intelectual, sino capacidades para decidir mejor o saber que hacer ante las dificultades de la vida y los hijos deben atender estas palabras de sus padres. La conjunción de ambas dará como resultado hijos triunfadores que darán renombre a su familia.

La ausencia de uno de estos aspectos, es decir padres que no enseñan a sus hijos o hijos que no atienden a sus padres producirá descendientes carentes de juicio y cordura y padres desencantados que cargarán con la vergüenza de tener vástagos que simplemente viven en la necedad.

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