El obrero es digno de su salario

Dice la Biblia en Mateo 10: 10

“…porque el obrero es digno de su alimento.”

Este versículo se repite por lo menos tres veces en el Nuevo Testamento. En Mateo 10:10 que es nuestro base para este devocional y en Lucas 10: 7 sufre una ligera modificación: “…porque el obrero es digno de su salario…”. En la 1ª Carta a Timoteo 5:18 es exactamente el mismo texto: “…porque el obrero es digno de su salario…”.

Lucas y Pablo mutan o cambian el término “alimento” por salario, lo que le da un cariz más profundo al verso de Mateo. La comida se convierte en salario. Los ministros de la palabra requieren sustento y salario.

De estos pasajes surgen por lo menos dos consideraciones: la primera es que los que anuncian el evangelio son considerados obreros. La palabra “obrero” procede de la raíz griega “ergetés” que se usaba en la época de Jesús para referirse a las persona que eran trabajadores agrícolas o personas dedicadas a la elaboración de artesanías. Asalariados.

Cuando ellos se empleaban con un patrón generalmente mediante un contrato se obligaban a laborar un determinado tiempo o por determinada obra y al final recibían un salario. Casi siempre el patrón les proporcionaba sus alimentos. Eso ocurría una vez que trabajaban, no antes.

La segunda es que la expresión “es digno” algunas versiones la traducen como “es merecedor” y otras como “tiene derecho”, con lo que queda claro que los predicadores del evangelio alcanzaban su derecho a una remuneración una vez que “trabajaban” en la predicación de la palabra de Dios.

Y la tercera, no menos importante por ser la última, radica en el principio de que el predicador como un trabajador tiene derecho a recibir una retribución por su labor. Creo que hasta aquí nadie puede inconformarse de esta verdad.

El problema surge cuando se pregunta ¿cuánto debe percibir un predicador? Allí comienza el debate o las inconformidades porque para muchos no se debería cobrar por esa labor, pero Pablo dice lo siguiente en 1ª de Corintios 9:14: “..los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”.

Inicialmente quien se dedica a anunciar el evangelio debe tener para comer o en otras palabras debe tener garantizado su sustento y la de su familia, luego sus otras necesidades para bien vivir. El ministro no debe olvidar que nunca deja de ser obrero, porque al olvidarlo corre el riesgo de sentirse el dueño de la obra y obtener o exigir más de lo que en realidad necesita.

Pero también las personas que comparten con el obrero no deben pasar por alto que el ministro que se dedica a anunciar la palabra tiene exactamente las mismas necesidades que ellos tienen y que ha renunciado por vocación a buscar su sustento para dedicarse por completo al ministerio de la palabra de Dios.

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