Llorar

Dice la Biblia en Lamentaciones 3: 49 “Mis ojos destilan y no cesan, porque no hay alivio.”

 

Así sufría Jeremías la situación de su ciudad. Destruida, quemada a fuego y llevada al cautiverio para el profeta le resultaba insoportable contemplarla en esa condición y en su escrito donde consigna lo ocurrido y lo que sucede plasma sus emociones sin ocultar su profunda conmoción.

 

Jeremías lloraba inconsolablemente. Para el ese varón de Dios no había consuelo al mirar con sus ojos la tristísima condición en la que había quedado Jerusalén, la populosa ciudad, la señora de provincias como le llamaba a la que había sido hecha tributaria y como una urbe grande entre las naciones ahora asemejaba a una viuda.

 

Las lagrimas del vidente del Señor era la manifestación de su profundo dolor. Un dolor que solo Dios podía entender porque Jeremías amaba a Jerusalén con todo su ser y verla en esa situación tan precaria, tan abandonada y tan devastada le hacía sentir una fúnebre tristeza que lo conmocionaba hasta su ser más interior.

 

A esta situación, el profeta tenía que agregar que no había alivio. Es decir, no se veía en el corto plazo que esto cambiaría y por eso se hacía más profunda y más honda su lamentación sobre su nación y sobre su pueblo. Estaba destruida Jerusalén y no había para cuando esto cambiará. 

 

Jeremías lloraba, lloraba y lloraba y Dios aceptaba sus lágrimas porque Dios sabía que la situación porque la que derramaba sus lagrimas cambiaría, sí, pero mucho tiempo después y el profeta ya ni siquiera lo vería porque la reconstrucción de Jerusalén ocurriría 70 años después de su caída. 

 

La situación del profeta nos lleva a reflexionar sobre esos tiempos en los que lo único que podemos tener en nuestros ojos son lagrimas. Llorar parece la única alternativa frente a los dolorosísimos acontecimientos que no se pueden cambiar o que no se pueden modificar porque están más allá de nuestras posibilidades.   

 

Llorar dejar correr nuestra angustiada alma y la libera de la tristeza profunda ante acontecimientos que no podemos evitar, ni cambiar. Llorar, entonces, forma parte de la voluntad de Dios. 

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: