Esaú: La venta de dones espirituales

Dice la Biblia en Génesis 25: 34

“…Así menospreció Esaú la primogenitura.”

La historia de Esaú es sumamente interesante. Fue hijo de Isaac y Rebeca y nieto de Abraham y Sara. Aunque nació el mismo día y el mismo año que Jacob, alcanzó la primogenitura por haber llegado al mundo solo separado de su hermano por unos segundos. Su hermano venía tomado del calcañar de Esaú.

Desde tiempos de Abraham, para los judíos el hijo primogénito tomaba el liderazgo de la familia no solo en lo concerniente a las posesiones materiales, sino sobre todo a lo relacionado a la vida espiritual. El primogénito era ante todo el hijo responsable de la salud espiritual de la familia. Era un privilegio más que una responsabilidad.

El libro de Génesis nos relata el menosprecio que Esaú tuvo por esta bendición y según nos cuenta un día que retornaba hambriento y sediento del campo, vio que su hermano Jacob había guisado una comida y se la pidió. Jacob le dijo que se la daría a cambio de su primogenitura. Se esperaba que rechazara tal pretensión, pero aceptó de inmediato.

Esaú estuvo dispuesto a vender su primogenitura por tan solo un plato de comida. Era obvio que no tenía el más mínimo interés por algo que no le había costado nada. Ese es un problema propio de los seres humanos. Lo que no cuesta no se aprecia, ni se valora. Por el contrario, si se puede lucrar con lo que no costó, mejor.

La actitud de Esaú fue temeraria porque intercambio una bendición por un guiso. Ni siquiera fue por algo más valioso, lo que nos indica que para él la primogenitura no tenía ningún valor, ni siquiera sentimental, ya no se diga espiritual y por eso el Nuevo Testamento cuando habla de este personaje lo llama “profano”.

Y lo llama así porque no supo o no quiso valorar los bienes espirituales. Le parecieron poca cosa y cuando quiso recuperarla sencillamente no pudo porque las bendiciones que Dios da han de cuidarse con extrema dedicación y cariño por representar la bondad infinita de Dios. Alguien que no valora los dones que Dios ha depositado en él es indigno de recibir otros.

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