Él es santo

Dice la Biblia en Salmos 99: 5

“Exaltad al Señor nuestro Dios, y postraos ante el estrado de sus pies; Él es santo.”

Una de las formas de adorar a Dios es arrodillándose. Al hacerlo reconocemos su grandeza infinita de él y nuestra pequeñez. Admitimos que somos nada ante su eternidad y que aceptamos que nada ni nadie se puede comparar con Él, que siempre será más y más sabio que nosotros. 

El salmista nos da en este texto una razón poderosa para doblar nuestras rodillas: Dios es santo. Con ello sería suficiente para permanecer siempre así delante de su presencia. En Dios no hay maldad como en nosotros los seres humanos. El Señor es puro y limpio y aún en esa condición condesciende con nosotros llenos de iniquidad. 

Su santidad nos debe empujar a doblegar nuestro orgullo porque estamos frente al único ser que nos puede limpiar de nuestra pecaminosidad y así entrar en comunión con Él. Alejados de su trono por nuestra natural inclinación a la maldad, el Señor nos recuerda que su naturaleza es la santidad.

La vida del hijo de Dios debe conducirse siempre para exaltar a Dios, engrandecerlo, glorificarlo y postrarse a sus pies, es decir reconocer en todo momento que el único que es digno de recibir toda adoración y alabanza es Dios en razón de que es santo, apartado de la iniquidad y maldad.

Arrodillarse es una manera sencilla de expresarle nuestra rendición total a su persona. Es una forma mediante la cual le entregamos nuestra vida con toda la seguridad de que siempre tendrá cuidado de nosotros y nos ayudará a comprender y entender lo que ocurre en nuestra existencia. 

La santidad de Dios es la mejor razón para externarle al Creador que nadie es como él y como él es único, entonces, es digno de toda nuestra exaltación. 

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