Enseñados por su bondad

Dice la Biblia en Salmos 119: 135

“Haz que tu rostro resplandezca sobre tu siervo, y enséñame tus estatutos.”

El rostro resplandeciente de Dios es un antropomorfismo, es decir una representación humana de Dios porque Dios es espíritu y no tiene cuerpo, pero la figura literaria es recurrente en los salmos y en toda la Escritura para resaltar, destacar y subrayar la naturaleza de nuestro buen Dios y hacerla comprensible para los seres humanos.

El rostro brillante de Dios es una manera de llamar la bondad del Señor. Cuando los judíos rezan el “Shema” piden exactamente: “El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti” como una forma de demandar su presencia en su vida a través de su bondad y misericordia, así como su aprobación en todo lo que hacen o van a ejecutar.

La figura retórica “no escondas tu rostro de mí” no enseña que el “rostro” oculto de Dios es una manera de señalar su ausencia y la manifestación de su ira y enfado, algo totalmente contrario o diametralmente opuesto a su faz deslumbrante que nos muestra su misericordia y compasión, además de su consentimiento en lo que vamos a hacer.

El salmista apela justamente a ese trato delante del Señor y en consecuencia que pueda ser instruido en su palabra. La bondad más grande de Dios es que podamos conocerlos a través de su palabra. Sus mandamientos contenidos en la Escritura nos dirigen e instruyen por las sendas que Él desea para nuestra vida.

La instrucción, enseñanza, formación y preparación en su palabra es la mejor expresión de su bondad porque al conocer su voluntad estamos en la posibilidad de disfrutar de su compañía y por ende de su bendición en nuestra existencia.

El texto de hoy nos hace ver que la presencia y la bondad de Dios en nuestra vida debe traducirse en un anhelo y profundo deseo por la Escritura. No hay mejor manera de recompensar o retribuir a nuestro buen Dios por sus bondades que instruirnos con ahínco y determinación en sus estatutos.

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