Alegría del cielo

Dice la Biblia en Salmos 86: 4

“Alegra el alma de tu siervo, porque a ti, oh Señor, levantó mi alma.”

David tenía muy claro que el origen de la alegría genuina, aquella que es posible independientemente de que las circunstancias sea contrarias o muy adversas, se origina exactamente en Dios. La fuente del regocijo es justamente Dios. Del regocijo que permite enfrentar cualquier situación por más difícil que sea.

Y por eso se dirige a Dios para pedirle que le de alegría, muy probablemente porque se encontraba triste. La tristeza debe ser pasajera o breve en la vida de los seres humanos porque un abatimiento prolongado puede conducir a la depresión de la que siempre resulta muy complicado salir.

La tristeza profunda nos hace sentir solos, vacíos. La vida pierde su sentido cuando nos abandonamos a ese sentimiento que si bien siempre nos ronda debemos combatirlo y su mejor antídoto o la mejor manera de combatirlo es justamente con la alegría, pero no cualquier clase de alegría.

La tristeza se debe combatir con la alegría que procede de Dios. Y eso lo que justamente David nos enseña con este verso. Debemos dirigirnos a él y expresarle nuestro pesar para que lo transforme en gozo y regocijo. Esa es la especialidad de Dios. Alegrar a sus hijos para que puedan enfrentar toda clase de adversidad.

El mejor ejemplo de que Dios nos quiere contentos lo encontramos cuando Nehemías y Esdras leen al pueblo de Israel la ley del Señor y comienzan a llorar todos juntos: Nehemías les pide: “no se entristezcan, ni lloren…porque el gozo del Jehová es nuestra fuerza.”

Hay en la alegría que viene del cielo un poder tan fuerte que el enemigo lo sabe y por eso nos quiere ver siempre tristes. Hagamos como David, pidámosle al Señor esa alegría que procede de su trono para enfrentar todas nuestras adversidades.

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