La lucha contra la ansiedad

Dice la Biblia en Filipenses 4: 6 “Por nada estéis afanosos…”.

La palabra afán es sumamente interesante en el griego que es el idioma en el que se escribió el Nuevo Testamento. La palabra procede de la raíz “merimnaó” que al ser traducida al español aparece como afán, preocupación, ansiedad o tener cuidado. El afán o la ansiedad es inicialmente un estado de la mente.

Si no se logra controlar la ansiedad o dominarla nos lleva a enfocarnos en un solo tema o en una sola idea. La mente queda cautiva o queda amarrada y resulta difícil rescatarla o liberarla de esa condición. La preocupación lo único que hace es que fijemos nuestra mirada en el árbol antes que en todo el bosque.

Cristo quiso y quiere curar a sus seguidores de este mal. En el Sermón de la montaña (Mateo 5-7) descubrió uno de los orígenes de la vida afanada: la búsqueda de los bienes materiales para comer y vestir y les pidió que no tenían porque vivir atados a esa necesidad. Debían ser como las aves del cielo y las flores del campo que sin trabajar o hilar subsisten siempre.

Pero quizá el ejemplo más claro o contundente de lo que puede resultar una vida ansiosa es el de Martha, la hermana de María y Lázaro, los amigos de Jesús que vivían en Betania, con los que siempre vivió y convivió y a quien tuvo que enseñar la importancia de vivir dándole el tiempo al tiempo y confiando siempre en Dios.

En una de sus tantas visitas a Betania en una ocasión que llegó María se dispuso a oír la predicación de Cristo, mientras que Martha se dedicó a hacer el aseo. Molesta por la actitud de María, Martha pidió a Jesús que le dijera a su hermana que lo ayudará, pero la respuesta de Jesús la dejó perpleja.

Martha, Martha, afanada y molesta estás, le dijo y agregó: pero solo una cosa es necesaria y María ha tomado la mejor parte y con ello descubrió su corazón afanado, ansioso atendiendo lo terrenal. No que fuera malo asear la casa, pero el afán por tener atender su hogar le había llevado a hacer a un lado a su invitado: el Hijo de Dios.

El afán y la ansiedad es así. Nos hace ocuparnos en cosas que no son tan importantes y nos hace descuidar los verdaderamente valioso. De allí el llamado de Pablo a los creyentes de Filipos para evitar a toda costa caer en el afán.

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