Niños formados: adultos responsables

Dice la Biblia en Proverbios 20: 11 “Aun el muchacho es conocido por sus hechos, si su conducta fuere limpia y recta.”

La Biblia habla en demasía de la infancia. La señala como una etapa formativa. La infancia requiere, entonces, de dirección, orientación e instrucción, pero también de amor y comprensión por parte de los padres. Indudablemente la infancia influirá grandemente en lo que las personas serán de adultas. De allí su relevancia e importancia.

El trato que una sociedad dé a sus niños revela en gran manera la forma en que esa sociedad cohabitará con sus adultos. Una infancia descuidada o menospreciada habrá de arrojar o producir adultos inmaduros e irresponsables en detrimento directo de familia y sociedad en su conjunto.

La Escritura pondera grandemente a los padres a la hora de hablar de los infantes. Son los padres los primeros responsables de la educación de sus niños. En el hogar se forma y se moldea el carácter de los menores de edad. Se les disciplina en hábitos positivos para que convivan y se relacionen con su semejante.

En todo tiempo los hijos son presentados en la palabra de Dios como “una herencia de Dios”, es decir son un regalo de Creador a los padres. Pero particularmente en la infancia es cuando uno debe valorar o recordar estas palabras para bien tratar o bien formar a los pequeños.

Los niños representan siempre la esperanza de un mejor mañana. Son, sin lugar a dudas, la expresión de la benevolencia de Dios en nuestras vidas y el recordatorio que su presencia nos acompaña. Los niños jamás deben constituir un carga o un gasto, sino siempre una inversión de tiempo y recursos materiales.

Lo que hagamos con ellos nos dará descanso o nos perseguirá toda la vida. Niños formados en valores y principios desde el hogar, sin lugar a dudas, serán adultos de mañana que se conducirán con respeto y responsabilidad primero ante sus padres y familia, y luego ante la sociedad.

Es una tarea ardua, de tiempo completo, que demanda mucha sabiduría e inteligencia y sobre todo el auxilio y apoyo divino. La intervención de Dios para formar a nuestros niños será siempre garantía de un trabajo, si no perfecto, si por lo menos con los mínimos necesarios para entregar a la sociedad seres comprensivos y tolerantes con su prójimo.

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