Viviendo la vida con conciencia de Dios

Si Dios es el Bien Supremo, entonces nuestra mayor bendición en la vida será conocerle en la forma más perfecta posible.

El fin último de la redención es conducirnos a la misma presencia de la Deidad. En nuestro estado presente, y con estos ojos físicos, es imposible ver a Dios, porque ya lo dice la Escritura, «Tú no podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre y vivirá» (Éxodo 33:20).

Cuando la obra de Cristo esté completada en Su pueblo, será empero posible, aun natural para los hombres redimidos, contemplar a su Redentor. Esto está claramente afirmado por el apóstol Juan: «porque sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2). Y también está escrito, «El trono de Dios y del Cordero estarán allí, y sus siervos les servirán, y ellos verán su rostro» (Apocalipsis 22:3-4).

Esta venturosa experiencia ha sido llamada la Visión Beatífica, y será la culminación de toda posible bendición humana. Traerá a los santos a un estado de perpetua bendición, la cual, gustada solo por un momento, librará a los amados de Dios de toda pena, dolor y mal recuerdo del pasado, sufridos aquí debajo. Esta será la porción de todos los vencedores. Bernardo de Cluny lo describe así:

Tú sentirás en místico rapto,
Oh Novia, que no conoces culpa, Los besos dulces del Príncipe,
Y Su amorosa sonrisa;
Lilas frescas, brazaletes
De vivientes perlas serán tuyas; El Cordero estará a tu lado,
El Esposo será todo tuyo,
Su Corona tu galardón,
El escudo que te protege,
Y Él mismo la Mansión,
Y Él mismo el Arquitecto.

Es cosa cierta que a lo largo de los siglos una selecta compañía de cristianos han testificado haber sido transportados a un estado donde, pudieron experimentar la Visión Beatífica, a lo menos en cierto grado, estando en su cuerpo natural, viendo al Bendito no con los ojos de la carne, sino con el ojo del Espíritu.

Siendo por naturaleza yo muy reticente en cuanto a eso de aceptar lo sobrenatural, he buscado apartarme de esta zarza ardiente. Pero el carácter santo de algunos de esos hombres, su excelente buen sentido, y su sana base teológica, junto con su devoto servicio a la humanidad, ciertamente los ponen por encima de toda sospecha de fanatismo o impostura. Y uno debe aceptar su testimonio como válido.

Supongo que la vasta mayoría de nosotros debe esperar hasta la venida del Señor para contemplar en su totalidad la gloria del Altísimo. Mientras tanto, creo que estamos perdiendo una buena medida de radiante gloria que es nuestra por el pacto de sangre y obtenible para nosotros en este presente tiempo, si creemos, y tratamos de andar, en el camino de una vida santa.

Al tratar de conocer a Dios más profundamente debemos tener en cuenta que no es necesario persuadir a Dios. El ya está persuadido en nuestro favor, y no por nuestras oraciones, sino por la disposición generosa de su bondadoso corazón. «Está en la naturaleza de Dios el darse a si mismo a cada alma virtuosa», dijo Meister Eckhart.

«Sabiendo por tanto que Dios está obligado a actuar, se derramará íntegro en ti tan pronto tú estés listo para recibirle». Puesto que la naturaleza aborrece el vacío, el Espíritu Santo corre para llenar el corazón que se ha vaciado de toda pasión por el mundo y el pecado.

Esto no es un acto innatural y no necesita ser inusual, porque está perfectamente de acuerdo con la naturaleza de Dios. El debe actuar como lo hace porque El es Dios.

Es imposible sobreestimar el valor de la oración interna para aquel que desea vivir una vida con condénela de Dios.

La oración a tiempos estableados es buena y provechosa; siempre tendremos necesidad de ella mientras estemos en la tierra. Pero esta clase de oración debe ser secundada y aun sostenida por el hábito de la oración interna, la oración que se hace sin palabras.

Pero alguno preguntará como es posible en este mundo estar pensando continuamente en Dios. ¿No seria una carga demasiado grande tener enfocada permanente la mente en Dios en medio de una civilización compleja, confusa y ruidosa como la nuestra? Malaval tiene la respuesta para ello.

«Las alas de la paloma no le hacen peso», dice él, «por el contrario, llevan su peso por el aire. Del mismo modo el pensamiento de Dios no es nunca una carga; es una brisa suave que nos eleva, una mano que nos sostiene y levanta, una luz que nos guía, y un espíritu que nos vivifica, aunque no sintamos que está obrando».

Todos sabemos como la presencia de alguien a quien amamos mucho levanta nuestros espíritus y nos llena con un radiante sentimiento de bienestar. Así el que ama a Dios con amor intenso, es elevado en rapto por Su Presencia consciente. «Y los discípulos se alegraron, viendo al Señor».

Si solamente paráramos de lamentarnos y eleváramos la mirada, veríamos a Dios. Cristo ha resucitado. El Espíritu ha sido derramado de lo alto. Todo esto lo sabemos como verdades teológicas. Nos toca convertirlo en una gozosa experiencia espiritual. ¿Y cómo se cumpliría esto?

No hay nuevas técnicas; si es nueva, es falsa. El viejo, el antiguo método, todavía sirve. El compañerismo consciente con Cristo es por fe, amor y obediencia. Y el más humilde creyente no necesita estar sin esto.

Devocional del pastor aliancista A.W. Tozer

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