Ciudadanos del cielo

Dice la Biblia en Filipenses 3: 20 “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador.”

Ser ciudadano romano era un anhelo para todos los habitantes del imperio que gobernaba Roma. Con cientos de miles de hombres y mujeres gobernados por la gran potencia mundial de los primeros siglos del cristianismo ser reconocido como tales era una aspiración porque automáticamente los hacía libres.

Además les daba otros muchos privilegios como ser juzgados por cortes romanas, transitar de un lugar a otro y acumular fortuna sin el peligro de ser confiscada por los gobernantes en turno y sobre todo hacía posible un estilo de vida de acuerdo a la cultura de esa nación que fue hedonista o entregada al placer.

Pero la ciudadanía estaba reservada para quien tenía dinero. Se adquiría por nacimiento, adopción o se compraba con una fuerte suma de dinero y se convertía en algo inalcanzable para la mayoría de los habitantes del imperio romano que reservaba ese derecho para un grupo reducido de personas.

Por eso cuando Pablo le escribe a los Filipenses, que por cierto era una colonia romana donde vivían solo ciudadanos romanos con sus esclavos o servidores, quería recordarles y recordarnos que existe un estatus mayor al que pertenecer a un poderos país y es exactamente la ciudadanía celestial.

Los creyentes son ciudadanos del cielo. Una categoría reservada solo para los que creen en Jesucristo y esa condición los hace poseedores de bienes intangibles y valiosísimos como la fe, el gozo, la esperanza y el amor. El reino de los cielos está abiertos para ellos con todas las bendiciones que tiene.

Los Filipenses comprendía completamente lo que Pablo les decía porque vivían en un colonia romana donde todos eran ciudadanos. Eran romanos y esa categoría los hacía sentirse muy ufanos, sin embargo Pablo les recuerda que por más bien que les fuera, había una categoría superiora a esa y era la ciudadanía del cielo.

Esa situación les garantizaba participar en el regreso del rey del cielo, Jesucristo el hijo de Dios, quien vendrá justamente del cielo para juzgar a los vivos y a los muertos.

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