La iglesia que ata y desata

Dice la Biblia en Mateo 18: 18 “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo.”

Jesús le delegó a su iglesia autoridad. Así se entiende este enunciado que escribió Mateo en su evangelio. La iglesia puede atar y desatar. El verbo griego para la expresión atar procede de la raíz griega “deó” que significa sencillamente inmovilizar, pero que refleja una capacidad superior de quien inmoviliza. En otras palabras incluye fuerza, poder, autoridad.

La autoridad de la iglesia, de acuerdo a este verso y su contexto, primero ha de aplicarse al interior de la asamblea de los escogidos o los llamados. Emociona saber que pertenecemos a una iglesia con autoridad, pero el gobierno del cuerpo de Cristo ha de manifestarse en primerísimo lugar en su seno.

La congregación de los santos no puede salir al mundo a ejercer su autoridad, como muchos proclaman, si primero hacia adentro es incapaz de corregir practicas pecaminosas, costumbres mundanas o hábitos que no reflejan su función en la tierra o el carácter de Cristo.

Por el contexto de este versículo podemos afirmar categóricamente que la iglesia ata y desata, es decir moviliza o inmoviliza a quienes luego de pecar se arrepienten o se mantienen en su posición de seguir pecando y afrentando a sus hermanos de la congregación, respectivamente.

Una vez que la iglesia ha cumplido con esta función está lista para salir al mundo a proclamar su autoridad, pero antes debe revisar su condición o debe hacer un diagnóstico sobre la situación que prevalece entre sus miembros para corregir lo equivocado o disciplinar severamente a quienes pecan deliberadamente.

La permisividad o la falta de disciplina le resta a la iglesia autoridad. Permitir toda clase de conducta distante de las enseñanzas de Cristo sobre el amor, la caridad, la santidad y la gratitud lo único que logra es dirigir a la iglesia un estado indeseable para Cristo, quien finalmente es su Señor.

La iglesia no debe ser legalista, sí, pero nunca debe renunciar a ser legal. Está obligada a aplicar las sanciones que Cristo mismo dejó para que presentársela santa, sin mancha y sin arruga cuando se encuentren en las bodas del Cordero.

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