No a la venganza

Dice la Biblia en Proverbios 20: 22 “No digas: Yo me vengaré; espera a Jehová, y él te salvará.”

La injusticia, el enojo, la violencia y las malas acciones contra la vida de las personas despierta el sentimiento de venganza o desquite. La revancha o la búsqueda del desagravio es un defecto del alma con el que todos los seres humanos nace y si no se trabaja en erradicarlo de nuestra vida nos puede convertir en seres resentidos y rencorosos.

Salomón nos da dos recomendaciones frente al deseo de desquitarnos o ajustar cuentas frente a nuestros adversarios o quienes nos han dañado verbal o físicamente. La primera es ni siquiera decir “yo me vengaré”. De esta forma se corta de tajo toda intención de darle su merecido a quienes nos afectaron.

La segunda es esperar en el Señor. La expresión de “esperar” tiene el sentido de dejar a Dios actuar sobre quien o quienes nos agraviaron. La justicia de Dios llegará tarde o temprano con toda seguridad. Dios tiene tiempos perfectos para actuar y lo hace de manera contundente, justa y exacta.

El autor del texto que hoy meditamos dice que haciendo estas dos cosas: decir no me vengaré y esperar en Jehová harán que seamos salvados de ejercitar venganza, un atributo exclusivo de Dios, una facultad que se reserva solo él y que bajo ninguna razón comparte con el ser humano.

Ser salvados de la venganza tiene implicaciones muy importantes para nosotros o para las personas porque evita que usurpemos el lugar de Dios, evita que descarguemos nuestra ira que en ocasiones puede ser mortal y sobre todo preserva nuestra alma de asumirnos como justicieros.

Dios detesta que las personas quieran ocupar su lugar, al desquitarnos contra alguien que nos ha dañado grandemente, estamos quitando a Dios de su posición de justicia para colocarnos nosotros mismo en una clara afrenta contra nuestro Creador que tiene el honor y la gloria para ocupar ese lugar siempre Él solo.

La tentación de la venganza siempre aparecerá, pero debemos rechazarla tajantemente porque daña nuestra alma y nos hace darle la espalda al Señor.

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