El reino de Dios imbatible

Dice la Biblia en Daniel 4: 44 Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será destruido jamás, ni será dejado a otro pueblo; desmenuzará  y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre.

El libro de Daniel es un estupendo libro de Historia y Política. De historia porque con toda la intención el autor reseña de manera anticipada el surgimiento posterior a Babilonia, donde vivió o más bien fue llevado cautivo, de tres grandes imperios que dominaron su tiempo y cuya influencia de uno por lo menos aún se deja sentir en el mundo.

El profeta anunció el surgimiento de los imperios Medo-Persa, Griego y Romano. La historia ha ratificado lo que el anunció hace unos mil quinientos años. La historia comprueba que sus afirmaciones fueron certeras lo que nos permite confiar en la palabra de Dios porque es infalible.

Y digo que el libro de Daniel es un libro de política porque además de señalar la transmisión del poder en su días, se ocupa de los entretelones de la vida en la corte de Nabucodonosor, rey de Babilonia, donde todos quieren quedar bien con el monarca, sin importar pasar por quien sea, una característica que se repite en la clase política de antaño y actual.

Daniel resistió como pocos esos embates y se mantuvo en su posición de segundo en importancia en el imperio babilónico gracias a su capacidad intelectual, pero sobre todo gracias a su dependencia a Dios, quien salvó a Daniel de una muerte segura cuando fue condenado al foso de los leones, por desafiar una orden real que le impedía orar.

Pero la gran virtud del libro de Daniel radica en haber visto cientos de siglos antes la instauración de un reino superior a todo reino terrenal. Un reino que habría de instalarse en la tierra una vez y para siempre. Que no decaería como han decaído todos los grandes imperios y como decaerán los que hoy conocemos.

El vidente de Dios vio y escribió con toda certeza la implantación en la tierra del reino de los cielos que ocurrió durante el imperio romano. Justamente en el imperio más poderoso del que se tiene conocimiento en la historia de la humanidad, Dios determinó que el reino de los cielos llegaría para quedarse.

El reino de los cielos no será destruido ni será dejado a otro pueblo como pasó con los griegos que dieron paso a los romanos, por ejemplo. El reino celestial permanecerá para siempre pese a todos los intentos por destruirlo. La iglesia es su representante y cabeza visible. Hablo de iglesia no como institución, sino como la comunidad de creyentes.

Si el reino de los cielos es un reino que no tendrá fin porque, entonces, inmiscuirnos en reinos terrenales que han demostrado una y otra vez sus tremendos fracasos a la hora de buscar trascender.

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