Permanecer en el amor de Cristo

Dice la Biblia en Juan 15: 9 Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. 

El rasgo distintivo del creyente es el amor. Hay una especie de cadena de amor que encontramos en este texto. El Padre amó a Cristo. Cristo amó a sus discípulos. Sus discípulos debían amar a sus semejantes. Esa es la manifestación más clara y contundente de que el creyente es un verdadero seguidor del Señor. 

Pero el amor no es un concepto sino una realidad. El amor no se dice, se demuestra. El amor no se teoriza, se practica. Inicialmente con la gente que nos rodea en la familia y luego fuera de nuestro círculo familiar y posteriormente con quienes deponen en nuestra contra. En otras palabras el amor abarca a todos: amigos y enemigos, familiares y no familiares. 

Cristo siempre tuvo la certeza del amor del Padre hacia Él. Nunca dudó de esta verdad. La repitió una y otra vez a sus seguidores. Esa condición hizo posible que Él amara a quienes ni siquiera eran dignos de recibir su amor. Lo impulsó a ir tras los pedidos y pecadores aun a costa de su propia vida. 

El creyente puede tener la misma certeza del amor de Dios si mira a la cruz del calvario. Allí Cristo mostró y demostró su profundo amor por cada uno de nosotros. Su entrega completa en esa ominosa forma de extinguir la vida son una demostración fehaciente que su amor es inigualable y alcance de todos. 

Cuando Cristo nos pide que permanezcamos en su amor quiere que nosotros tengamos presente siempre la manera en que nos salvó. Quiere y desea que jamás olvidemos el costo que tuvo salvarnos de la muerte eterna poniéndose en nuestro lugar. 

Requiere esfuerzo mantenernos en el amor de Cristo, pero esa es y será siempre la única manera de poder cumplir con la ley de Cristo que es la de amar no solo a nuestro prójimo sino también a nuestros enemigos. 

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