Sin consuelo

Dice la Biblia en Lamentaciones 1: 2 Amargamente llora en la noche, y sus lágrimas están en sus mejillas. No tiene quien la consuele de todos sus amantes; todos sus amigos le faltaron, se le volvieron enemigos.

El libro de Lamentaciones es un canto fúnebre escrito por el profeta Jeremías como testimonio frente a la ciudad de Jerusalén destruida por Nabucodonosor. En ese volumen de la Escritura el autor dejó plasmadas sus impresiones sobre ese suceso que marcó terriblemente a los hebreos.

No se trata de cualquier libro. Está construido de una manera muy ingeniosa para memorizarlo. Los capítulos 1, 2, 4 y 5 tienen 22 versículos que representan cada una de las 22 letras del alfabeto hebreo, es decir cada verso comienza con una sus letras. El capítulo 3 tiene 66 versos que representan tres veces el alfabeto hebreo.

Pero la particularidad de este libro reside, además de su fascinante estructura, en su contenido por presentarnos las emociones que prevalecían entre los judíos al ver su amada ciudad de Jerusalén destruida por sus enemigos, su situación frente al exilio babilónico y su estado anímico.

El primer capítulo del libro nos revela como se sentían o cómo estaban los hebreos de ese tiempo. Estaban en gran afrenta que se acrecentaba porque no había nadie que los consolara. Todos sus “amigos”, amantes les llama el profeta Jeremías la habían dejado sola.

Y es que el pecado es así. Arroja a sus practicantes a una inmensa y dolorosa soledad. Mientras el pecado se disfruta y engaña hay compañía y sobra los “amigos”, pero cuando Dios castiga o disciplina esa conducta, el pecador se las tiene que ver solo y muchos de los que lo acompañaron en la maldad optan por abandonarlo.

La palabra o la frase “no tiene quien la consuele” aparece al menos cinco veces en el primer capítulo en los versos 2, 9, 16, 17 y 21. A los hijos de Israel no hubo quien los auxiliara o les brindará aliento en esas horas aciagas. Se quedaron inmensamente solos. El pecado los alejó de todos. Así paga la maldad: arroja a la soledad.

Al principio la iniquidad es popular porque acerca hasta desconocidos, pero cuando la transgresión quiebra la vida de sus practicantes no les queda más una inmensa orfandad que nada ni nadie puede evitar. Los compatriotas de Jeremías se quedaron solos. Nadie los pudo o los quiso acompañar en su calamidad.

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