La superioridad de Cristo se demuestra por su humanidad y divinidad

Dice la Biblia en Colosenses 1: 19-20

19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, 20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

Introducción

La superioridad de Cristo sobre toda la creación fue una determinación que Dios tomó. Dicha decisión fue tomada con agrado. La palabra “agradó” procede de la raíz griega “eudokeó” que se puede traducir como muy complacido, muy satisfecho, muy contento, gustosamente y disfrutar o deleitarse.

Pablo usa esta expresión para referirse a la determinación por parte del Padre para hacer dos cosas con Cristo: 1. Que en Él habitase toda la plenitud y 2. Por medio de Él reconciliar todas las cosas. Dios decidió que Jesús fuera la manifestación humana del Dios del cielo y lo hizo con todo agrado.

El Señor se sintió satisfecho, contento, a gusto y complacido cuando determinó que Jesús habría de encarnar la deidad. Un hecho sin precedentes en la historia de la humanidad y por eso mismo incomprensible para los falsos maestros que se habían introducido a la iglesia y consideraban imposible que un ser humano tuviera atributos divinos.

En la iglesia de los Colosenses se había introducido una idea filosófica que negaba la divinidad de Cristo bajo una premisa que circulaba en aquellos días a modo de silogismo: Primera premisa: La materia es mala. Segunda premisa: Cristo fue materia. Conclusión: Cristo no puede ser Dios porque es materia.

Pablo lleva a los creyentes a rechazar contundentemente este pensamiento que aparentemente piadoso, pero que en realidad tenía como fin negar la divinidad de Cristo y de paso colocar a Dios como un ser inaccesible puesto que no había en la tierra quien pudiera reconciliar al hombre con su Creador.

El apóstol da un argumento más para que los creyentes de todos los tiempos puedan comprender y entender la superioridad de Cristo. Cristo es la plenitud de Dios. Para comprender esta verdad será indispensable entender el termino “plenitud”. La expresión sencillamente significa “vaciar” o “llenar”. Jesús se llenó de Dios hasta desparramar.

En Jesús los seres humanos pudimos contemplar a Dios hecho carne. Era Dios y verdadero hombre. O si se quiere era y es verdadero hombre y verdadero Dios. Ese es el milagro de la vida de Cristo y bajo esa condición pudo redimir a la humanidad.

La superioridad de Cristo se demuestra por su humanidad y divinidad

  1. Porque en Él habitó la plenitud de Dios
  2. Porque por medio de Él se reconcilió el hombre con Dios

Síntesis

Justo en estos días en que el mundo entero recuerda el nacimiento de Cristo, lo escrito de Pablo en la Carta a los Colosenses cobra tan vigencia y tanta vitalidad, pero también nos hace reflexionar seriamente sobre uno de los hechos más incomprendidos de la persona de Jesús: su humanidad y divinidad.

Era hombre porque nació y vaya manera en la que nació. Nació en un pesebre, fue perseguido y fue exiliado de su tierra. Regresó a Nazaret y en su ciudad solo unos cuantos creyeron en Él porque se les hacía complicadísimo reconocer que ese niño y joven que vivió entre ellos pudiera ser algo más que el hijo de un modesto carpintero.

Pero fue Dios porque fue engendrado sobrenaturalmente. Perdonó pecados, una facultad exclusiva de Dios. Recibió y aceptó adoración, nadie, salvo Dios, podía ser adorado y aclamado como Señor. Hizo bien a todo el pueblo de Israel, pero no fue comprendido y fue como él dijo un profeta sin honra en su propia tierra.

La encarnación de Cristo nos recuerda que al Señor que seguimos fue un hombre, pero también fue Dios. Un hecho que trastorna nuestro entendimiento porque resulta incomprensible como un ser humano puede ser Dios. La clave para comprender esta verdad la encontramos en el hecho de que Dios llenó a Cristo de su divinidad.

  1. Porque en Él habitó la plenitud de Dios

La palabra “habitó” procede de la raíz griega “katoikeó” que se traduce como residir, morar, habitar, vivir. Es un término estrictamente domiciliario. Es decir esa palabra que hace referencia a un lugar especificó donde una persona vive o tiene su morada.

Cristo fue el “domicilio” o la casa donde Dios hizo su residencia o donde el Señor estableció su morada. Esta palabra resulta importante porque nos permite entender el grandioso milagro de la encarnación. En Cristo Dios estaba trasladando su morada entre los hombres, Dios se estaba acercando a la humanidad a través de Jesús.

No había un lugar, ni una persona y entonces a Dios le agradó o gustosamente determinó que Jesús sería la persona que habría de expresar a la humanidad la manera en que Dios se quería relacionar con ella. Por es razón es que Juan describe a Cristo como la manifestación de la gloria de Dios. Para Juan, Jesús era lleno de gracia y de verdad.

Cristo fue la residencia de Dios. Fue la morada de Dios. Cuando pensamos en esta verdad nos preguntamos cuánto de Dios tuvo Cristo. Algunos creen que solo tuvo algunos rasgos, otros que de hombre, merced a su obediencia, evolucionó para llegar a ser Dios, pero la palabra “pleroma” nos ayuda a comprender mejor esta verdad.

Cuando Pablo dice que en Él habitase toda la plenitud usa el término griego “pleroma” una expresión por cierto muy utilizada por los filósofos griegos de los tiempos del Nuevo Testamento. Es una expresión que fue utilizada para referirse a la forma en que los barcos zarpaban en el mar Mediterráneo.

Un barco solo podía despegar cuando estaba completamente lleno tanto de personas como con mercancías. Era una perdida si salía de un puerto sin tener su capacidad a tope. La palabra se entendía entonces como algo completamente lleno. Luego también significa lo que ha sido llenado de algo.

Cristo fue llenado por Dios. Visto de otra manera Dios se vació en Cristo. No hubo algo que no tuviera de Dios. Tenía todo del Señor en su humanidad. Los doce contemplaron a Dios al contemplar a Cristo. Que tremenda experiencia la de los discípulos que tuvieron frente así a Dios hecho hombre.

Nosotros al acercarnos a Jesús nos estamos acercando a Dios mismo. En su persona nosotros encontramos al Dios de Abraham, Dios Isaac y Dios de Jacob de manera personal. Estamos frente al Dios que creó los cielos y la tierra. Nos acercamos a quien Dios delegó todos su atributos y poderes.

2. Porque por medio de Él se reconcilió el hombre con Dios

Cristo fue el medio o el instrumento que Dios utilizó para reconciliar al hombre con Dios. Pablo dice en su carta que reconcilió todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos.

Después de señalar con toda claridad la divinidad de Cristo, ahora Pablo se ocupa de dejar en claro la humanidad de Jesús. Solo a través de su humanidad podía y puede reconciliar al hombre con Dios porque hizo la paz entre Dios y el hombre a través de su sangre en la cruenta cruz.

La frase apunta a su humanidad expresa contundentemente a través de su muerte. Dios no puede morir, pero Jesús hombre sí. En su condición humana, Cristo se ofreció como sacrificio para restaurar la relación de los hombres con el Creador trastocada por el pecado en el huerto del Edén.

La palabra “reconcilió” procede de la raíz griega “apokatallasó” que significa sencillamente traer de vuelta a un estado anterior de armonía. Es decir la humanidad de Cristo manifestada en su muerte hizo posible pacificar la relación entre Dios y los hombres.

Si en Cristo reside única y exclusivamente toda la plenitud o llenura de la divinidad, solo en Cristo se puede reconciliar al hombre con Dios. Así como nadie puede reclamar una divinidad como la que Cristo reclamó nadie puede mediar entre los hombres y el Señor, solo Cristo.

No hay que perder de vista que uno de los problemas entre los Colosenses es que habían colocado seres y tradiciones en la relación entre los creyentes y Dios. Pablo les recuerda que Cristo es el único camino al Padre, que nada ni nadie puede ubicarse en esa posición porque Cristo es superior a todo y a todos.

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