El regreso de Cristo hace del mañana una certeza mas que una incertidumbre

Dice la Biblia en 1ª Juan 3: 2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.

Una pregunta inherente a la existencia humana indudablemente es ¿qué nos depara el futuro?, ¿qué pasará mañana?, ¿qué será del porvenir?  O si se quiere ¿qué pasará mañana con nosotros? Estas preguntas surgen ante nuestra condición humana, independientemente de si creemos o no en Dios.

Los creyentes del primer siglo tenía esa misma pregunta. Querían saber qué vendría a continuación en su fe, que era lo que seguía y Juan despeja esta interrogante de una manera muy sabia: partiendo de una realidad o una verdad indiscutible del presente: Ahora somos hijos de Dios. Lo valioso de esta verdad radica en la posición en las que no coloca.

La adopción que Dios hizo de nosotros al adoptarnos por medio de Cristo nos convirtió en hijos de Dios y aunque no se ha manifestado lo que hemos de ser, es decir todavía esa condición no cambia e ignoramos qué ha de ocurrir con nuestra existencia física y espiritual hay una esperanza inmarcesible, como escribe Pedro.

Esa esperanza se basa en dos hechos que sucederán en el futuro: 1. Él se manifestará, es decir Cristo volverá y 2. Seremos semejantes a Cristo porque le veremos tal como Él es. Estas dos verdades fundan o cimientan la esperanza de los creyentes: Cristo volverá para terminar la obra que inició en nuestra vida.

Cristo regresará y cuando eso ocurra la vida de los hijos de Dios será transformada completamente y seremos semejantes a Él. Nos pareceremos a Él porque nuestro corazón será completamente cambiado para servirle por toda la eternidad a quien su vida dio por nosotros.

El cristiano no tiene por qué preocuparse, el futuro que le depara es un futuro glorioso, el mañana no puede ser mejor. El porvenir está garantizado y es inmejorable porque será con Cristo transformando nuestra existencia para convivir con Él en las moradas eternas que ha ido a preparar.

Entre tanto que eso ocurre, debemos disfrutar nuestra condición de hijos de Dios, aunque el mundo no nos conozca como tampoco a Él le conoció.

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