La maldad que sube a la presencia de Dios

Dice la Biblia en Jonás 1: 2 Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí.

La frase “ha subido su maldad delante de mí” es una expresión para señalar que el pecado de una persona o una ciudad ha colmado la paciencia del Señor. Esa fue la misma expresión que usa el libro de Génesis 18: 21 para referirse a la maldad de las ciudades de Sodoma y Gomorra y es la misma que emplea para referirse al pecado de Jerusalén en Lamentaciones 1: 22.

En los últimos dos casos fue tanta la degradación moral y el rechazo de los principios divinos y la insistente solicitud de Dios para que cambiarán sus conducta sin una respuesta positiva que al Creador no le quedó más alternativa que destruir a Sodoma y Gomorra y el templo de Jerusalén.

La frase la emplea el libro de Jonás para describir lo que sucedía en Nínive una ciudad fundada por Nimrod, el primer gran opositor a Dios, según nos relata el libro de Génesis. La maldad de esa nación era impresionante. Su crueldad con los prisioneros de guerra era idéntica a su inmoralidad sexual, acentuada por una gran idolatría.

Cuando la maldad es tan grave y generalizada en una sociedad, Dios tiene que intervenir de manera correctiva. Generalmente Dios conoce la maldad personal o individual y castiga y reprende severamente a quienes actúan de manera dolosa contra su prójimo con maldad y perversidad.

Pero en el caso de una ciudad o un grupo de personas que se niegan a deponer o cambiar su actitud, el castigo es generalizado. Cuando el clamor de la maldad llega al trono del Señor es porque el juicio sobre una nación es inminente y solo el arrepentimiento nacional hará que Dios modifique su sentencia.

Jonás es justamente un libro que nos acerca a la compasión divina para perdonar la maldad de toda una sociedad, siempre y cuando se arrepientan de su conducta pecaminosa. Nínive iba a ser destruida porque su maldad había llegado ante la presencia de Dios, pero se arrepintieron y fueron salvados con la predicación de Jonás.

No podemos decir lo mismo de Sodoma y Gomorra, ni Jerusalén porque allí no hubo arrepentimiento. Los judíos se arrepintieron después de la destrucción de su templo y lograron reconstruirlo, no así las dos primeras ciudades donde la destrucción fue definitiva y para siempre.

La maldad individual destruye a las personas, pero la maldad colectiva destruye a toda una ciudad. Dios siempre castiga el pecado y solo se retracta si la gente se arrepiente de todo corazón.

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