Ana, la profetiza del Salvador: la gratitud ante la incomodidad

Dice la Biblia en Lucas 2: 36-38

36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, 37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.  38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.

Introducción

Lucas menciona también en su evangelio a esta mujer llamada Ana. Ha mencionado a Simeón que tomó en sus brazos al niño Jesús y ahora el evangelista empata este relato con el de una mujer que también acudió cuando José y María presentaron ofrendas por la purificación de María como establece la ley de Moisés.

Lucas hace una precisión de datos sobre la persona de Ana por varias razones: la primera porque el evangelista no está inventando personajes. Cada uno de los mencionados tiene una historia o familia. En el caso de Ana es presentada como una profeta o profetisa. Lucas le da el mismo rango que Miriam, la hermana de Moisés y Aarón, Debora y Hulda.

Ella fue, además hija de un hombre llamado Fanuel  de la tribu de Aser, una tribu que fue llevada cautiva por los asirios aproximadamente en el 722 A. C. y que Lucas menciona como referente para precisar el origen de esta anciana de unos 100 años aproximadamente y que vivía dedicada al Señor.

Lucas subraya dos aspectos fundamentales en la vida de Ana: primero que era una vida entregada al servicio del templo de Jerusalén muy consagrada y entregada a su labor con ayunos y oraciones y segundo lugar que se presentó al mismo tiempo que Jesús con sus padres en el templo. Coincidió con Siméon.

Su entrega al Señor fue genuina y completa. Se había casado muy joven y su esposo murió cuando apenas llevaban siete años de casados y desde entonces ella se entregó en cuerpo y alma a servirlo aún cuando a su edad se pensaría que debería de estar guardada en su casa sin salir.

Literalmente vivía en el templo de Jerusalén porque estaba allí de día y de noche. Algunos piensan que en realidad vivía allí consagrada y dedicada a la oración. Era un viuda que pudo reconstruir su vida, una vez que su marido murió, pero no lo quiso hacer y al contrario se puso al servicio del Señor. Fueron 84 años de viudez. Ocho décadas.

Lucas nos retrata a una anciana dedicada desde su juventud al servicio de Dios. Toda una vida dedicada a servir al Señor en lugar dominado por varones. La idea de Lucas al hacerlo es que no era cualquier mujer. Era una profetisa que anunciaba la verdad de Dios en días muy oscuros espiritualmente en Israel.

Lucas presenta a Ana en su evangelio para cumplir con la ley judía que establece que por boca o de dos o tres testigos cualquier afirmación o declaración era tomada por verdad. Ella y Simeón fueron los testigos presenciales que afirmaron una verdad incontrovertible: Cristo era el cumplimiento de la consolación de Israel y la redención de Jerusalén.

Pero Ana nos lleva a considerar una verdad importante para nuestra vida. Ana fue una mujer que hasta el final de sus días fue agradecida, a pesar de que la vida no había sido tan benigna con ella. Recién casada murió su esposo y quedó viuda, una condición social muy discriminada en sus días y luego su avanzada edad que hace complicada la vida.

Ana, la profetiza del Salvador: la gratitud ante la incomodidad

  1. La incomodidad social
  2. La incomodidad física

Ana, la profetisa, así la ubica Lucas. Fue una profetiza que cumplió con creces su labor. Se dedicó a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Es interesante notar que su predicación no fue abierta luego de que conoció al Salvador, fue a aquellos cuya esperanza se mantenía encendida. Ellos la oyeron en Jerusalén.

La historia de Ana nos ayuda muchísimo para aprender que la gratitud genuina es aquella que se sobre pone a la incomodidad. La incomodidad que nos hace desesperar o que nos hace quejarnos de los demás y en ocasiones de nuestro propio Dios.

  1. La incomodidad social

Lucas nos presenta velozmente la biografía de esta mujer y nos habla básicamente de su vida sentimental y su estado civil. Ella se casó muy joven y cuando apenas llevaba siete años de casada su esposo murió.

Fue una viuda joven. La viudez en Israel nunca fue bien vista. Las mujeres que caían en ese estado se les consideraba malditas debido a que la idea de un matrimonio era que solo la muerte los podía separar, pero ya pasados muchos años de matrimonio, no apenas después de un quinquenio.

Una viuda debía ser redimida por el hermano menor del esposo muerto, pero si no había entonces tenía que quedar soltera. Solo podía romperse esta condición si alguien la pretendía y entonces, luego de un proceso de renuncia de quienes podía casarse con ella, entonces podía contraer nuevas nupcias.

Ana se mantuvo en esa condición por más de 84 años. Fue una viudez muy prolongada, larga y por lo mismo complicada. Generalmente una mujer enviudaba a los 40 o 50 años y luego de un breve tiempo de vida en esa condición moría y su estigma terminaba, pero en el caso de Ana fueron ocho décadas.

Pero Ana en lugar de incomodarse por esa situación hizo algo que Lucas resalta en sus datos biográficos: “no se apartaba del templo sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones”. El templo fue para Ana el lugar para sortear su condición de mujer viuda. No se entristeció, ni tampoco se deprimió porque encontró en el servicio a Dios su consuelo.

Ella mantuvo la gratitud en su corazón, a pesar de que ante todos parecía una mujer condenada a la soledad por Dios. La incomodidad a veces derrota a la gratitud, pero no en el caso de Ana porque ella se mantuvo bendiciendo el nombre de Dios, aún cuando la vida tal vez no había sido muy justa con ella.

2. La incomodidad física

Pero si la viudez era una losa pesada o una carga insoportable, la vejez es todavía más dura porque es el comienzo del fin. Al llegar a la vejez, las fuerzas se han agotado, algunos reflejos se han perdido y los males físicos aparecen a veces en tropel.

La vejez es un tiempo de grandes incomodidades aún si a esa etapa de la vida se llega con salud, no deja de ser compleja y complicada. Es de imaginarnos cómo será si a ella se llega enfermo o enferma. La vejez constituye la última parada de la existencia humana antes de salir de este mundo.

Cuando Lucas habla de esta etapa de la vida en Ana dice claramente: “de edad muy avanzada”, para notar que no era de edad avanzada, sino muy avanzada, es decir era ya muy grande de edad y sin embargo seguía en templo de Jerusalén y aún a esa edad “se presentó en la misma hora”, la palabra hora aquí se traduce a tiempo o cuando se le necesitaba.

Trayendo a cuestas estas dos grandes incomodidades, Ana fue capaz de dar gracias para enseñarnos que sea cual fuere la condición, nosotros estamos llamados a levantar siempre nuestra acción de gracias. Estamos convocados a ofrecer nuestra ofrenda de gratitud ante el Creador que nos da la vida.

Me impacta que Ana con todo y que era más grande que Simeón no dijo: Ahora despides a tu sierva en paz, como si lo dijo Simeón. Ella quería seguir viviendo a pesar de las incomodidades de su viudez y su edad.

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