La incredulidad nos silencia

Dice la Biblia en Lucas 1: 20 Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mi palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.

El ángel Gabriel no fue a Jerusalén por iniciativa propia, ni le dijo a Zacarías un mensaje que hubiera nacido de su corazón. El mensajero del Señor fue enviado por Dios con palabras que constituían la voluntad de Dios, en ese sentido Zacarías rechazó o no creyó la revelación divina dirigida a su vida.  

La sanción que recibió este piadoso hombre fue quedar mudo por nueve meses. Justo las 38 semanas de gestación de su hijo Juan. Un castigo muy severo para un varón que era temeroso de Dios, pero necesario para curar su incredulidad de lo que Dios puede hacer, aún a veces contra el tiempo y la enfermedad.

En sus hijos el Señor siempre disciplina la incredulidad porque lo rebaja, lo reduce y minimiza su poder.

La historia de Zacarías nos ejemplifica claramente lo difícil que nos resulta creer lo que Dios dice. A pesar de nuestra piedad que complicado resulta aceptar que el poder de Dios esta por encima de cualquier circunstancia adversa, especialmente cuando esa situación se ha convertido en una situación diaria.

Zacarías se había acostumbrado a vivir sin hijos. Parecía destinado a vivir sin vástagos que cuando Dios le dijo que sería papá, lo primero que se le vino a la mente fue que era viejo y su esposa era estéril. La realidad lo había hecho sucumbir, pero Dios tenía otros planes para la vida de él y su esposa Elisabet.

Su incredulidad lo enmudeció literalmente. La falta de fe hace que nuestros labios se cierren para confesar el poder del Señor. La ausencia de confianza en nuestro Hacedor provocan justamente que en lugar de proclamar su grandeza y majestuosidad para obrar señales nos quedemos en silencio.

Nada le podemos reprochar a Zacarías porque muchas veces nosotros actuamos de la misma forma que él. Sencillamente no creemos o no aceptamos lo que Dios ha dicho. Nos resulta muy complicado confiar en sus promesas. Nos hemos habituado tanto a nuestras carencias que cuando se nos dice que serán suplidas no lo creemos.

Dios tiene tanto poder que en nuestra situación de enfermedad o carencias puede cambiar instantáneamente, su única demanda es que creamos en lo que dice su bendita palabra porque Él no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él ha dicho y Él hará.  

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: