La orden es amar

Dice Juan 15: 17 Esto os mando: Que os améis unos a otros.

El imperativo para los discípulos de Cristo era amarse unos a otros. No había otro camino. No hay otra vía para asumirse como seguidores de Cristo. El amor de Dios que reciben debe manifestarse de manera diáfana amando a sus semejantes. Permanecer en Cristo, dar fruto y mostrar que fueron elegidos por el Señor se manifiestan amando.

Jesús ordenó amarse unos a otros. No hay concesiones, tampoco veredas, mucho menos atajos. El camino del Señor es el camino del amor. Jesús pidió a los que creen en él conducirse de tal forma que cumplieran con esta orden que les dejó para diferenciarlos de todos cuantos practican creencias o convicciones espirituales.

En este discurso en el que les mostró la unión que tenía con ellos, les expresó que dicha unión debía expresarse o manifestarse con una relación completamente distinta entre ellos. Habían de mostrarse amor unos a otros. Una palabra poco usual en el sistema religioso judío donde prevalecía la idea de un Dio airado.

Esa forma de ver al Señor hacía que los creyentes, de la época de Jesús,  se comportaran más intolerantes que comprensivos. La idea de un Dios vengativo los condujo a una practica de fe en la que las personas no importaban mucho a la hora de señalarles sus pecados o castigar sus faltas. Se tenía que ser implacables.

Por eso el mandamiento que les dejó resulta tan necesario porque bajo ese concepto en el que Dios está más interesado en sancionar que en amar, los había llevado a mirar a los demás como objetos de castigo, a mirarlos más que como destinatarios penas que de compasión y misericordia.

En cierto sentido, afirmar u ordenar que debían amarse unos a otros representaba una obligación que les llevaba a replantearse su forma de concebir a Dios. Un Dios de amor tiene seguidores que aman. Un Señor vengativo tiene seguidores que viven solo para desquitar afrentas y dañar a su prójimo.

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