Las preguntas de Jesús: ¿Por qué me llamas bueno?

Dice la Biblia en Marcos 10: 18

Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios.

Introducción

Al joven rico que se ufanó de cumplir con todos los mandamientos que Dios demandaba para heredar vida eterna, Jesús lo cuestionó con una pregunta que iba dirigida a despertar o hacerlo reaccionar sobre un grave problema de confiar en sus buenas obras e ignorar u olvidar que había en su vida había problemas muy profundos como el amor por las riquezas.

Mateo, Marcos y Lucas nos presenta a este joven que además de tener muchas posesiones materiales tenía también un puesto en el gobierno de la sinagoga de su ciudad. Lucas dice en 18: 18 que era un principal, así como lo era Nicodemo o como lo era Jairo, quienes también buscaron a Jesús.

Este era un joven singular porque a una corta edad tenía muchas posesiones ganadas tal vez a través de grandes negocios y además era un importante varón dentro de la sociedad judía de su tiempo porque ocupaba un cargo generalmente reservado para personajes de la ciudad o villa.

En su encuentro con Jesús podemos descubrir su manera de concebir la vida espiritual. La primera reacción de este joven cuando encuentra Jesús es ir a su encuentro y arrodillarse ante él. Arrodillarse ante Jesús lo hicieron muchos, pero este joven lo hizo con las motivaciones equivocadas. Para él Jesús era un maestro como muchos de los que el tenía.

El problema con esta actitud radica esencialmente en las palabras que le dirigió a Jesús. Le dijo maestro bueno. Si solo era un maestro porque arrodillarse ante él. Si Jesús solo era un maestro bueno entonces, era un mortal como todos y arrodillarse ante él era una grave equivocación.

Pero el joven rico vivía así. Acostumbrado a adular con actitudes y palabras a los gobernantes judíos, quienes con esas palabras se hubieran sentido halagados, pero Jesús de ningún modo y por eso le hizo esta pregunta que tenía como objetivo central hacerlo reflexionar sobre lo que decía.

La pregunta buscaba también hacerlo razonar sobre la bondad, lo bueno o la benignidad tanto la divina como la humana. Si Jesús era simplemente un hombre en realidad no era bueno porque el único bueno es Dios. Jesús trató con él un tema que nos ayudará mucho a nosotros porque nos conduce a un tema con el que nosotros nos topamos cotidianamente:

¿Soy bueno? ¿Tengo la suficiente bondad? ¿Soy más bueno que los demás? ¿Qué necesito para ser bueno? ¿Es suficiente lo que hago? ¿Viviendo qué clase de bondad puedo llegar al cielo? ¿Qué clase de bondad es la que demanda Cristo para sus seguidores? ¿La calificación de la bondad de los hombres es distinta que la de Dios?

Estas preguntas rondaban en la mente y corazón del joven rico y rondan también en nuestra mente porque los seres humanos fuimos diseñado con una conciencia que nos hace distinguir entre lo bueno y lo malo, lo que los hombres llaman moral o moralidad y la Escritura denomina la presencia de Dios para obrar el bien.

El error de sentirnos buenos

I. Creyendo que otros pueden ser buenos
II. Olvidando que solo Dios es bueno
III. Creyendo que somos buenos por nuestras buenas obras
IV. Ignorando nuestras grandes debilidades

I. Creyendo que otros pueden ser buenos

El joven rico tenía una idea de la bondad equivocada. El hombre nace en pecado. Con la naturaleza inclinada a la maldad. El hogar y la educación frenan sus apetitos de maldad, pero en ocasiones aún con educación y casa paterna el hombre se muestra malo.

Desde esa perspectiva todos los seres humanos tenemos una inclinación natural a la maldad porque así fuimos concebidos. La tragedia de algunas instituciones que en lugar de proteger a los niños los han dañado y destruido es el mejor ejemplo del grado de iniquidad que puede albergar un ser humano.

El joven rico nos muestra el primer gran equívoco que había en su vida. Pensar que los hombres pueden ser buenos. Y no es que nadie pueda ser bueno, porque hay hombres que se consagran a Dios y pueden serlo, pero necesitan una dependencia total para no caer del ese estado de gracia.

Sin embargo, fuera de la presencia de Dios ningún hombre puede ser bueno. Pensar así es pensar que uno mismo puede ser bueno, cuando la realidad es que nos enfrentamos con la maldad interna de nuestro ser y luego con el mal plantado en el mundo que nos ahoga y tienta a cada instante.

II. Olvidando que solo Dios es bueno

La pregunta que Cristo le hizo al joven rico fue para hacerle ver que entre los seres humanos la bondad es una virtud muy escasa y en todo caso el único bueno en este mundo es precisamente Dios.

Esta verdad es muy importante para el humanismo que postula que el hombre puede ser bueno. No. El hombre no puede ser bueno, porque tiene injertado en su ser el pecado original. Pero puede alcanzar bondad en su vida si lograr asirse de Dios. Si permite que Dios gobierne su existencia puede ser bueno en la vida.

Cuando Cristo le dijo eso a su interlocutor le estaba diciendo si me llamas bueno, en realidad me estas llamando Dios. Si soy Dios, que los era, entonces, me debes honrar y adorar y debes oírme. El joven rico tenía frente así a la fuente de la vida y la bondad misma encarnada en la persona de Jesucristo. Sin embargo no lo pudo ver.

Cuando nos referimos al bien supremo nos referimos a Dios. No es que Dios sea bueno, sino que es la bondad misma. En el caso de Jesucristo era la manifestación clara y contundente de la bondad misma.

III. Creyendo que somos buenos por nuestras buenas obras

El joven rico argumento ante Jesús que había cumplido desde joven con sus mandamientos. En Marcos encontramos seis mandamientos, en tanto que en Lucas y Mateo cinco. En su respuesta de haberlo puesto en obra encontramos un poco de altivez.

Aún así Cristo lo amó. Lo amó porque tenía una profunda confianza en lo que hacía o en sus buenas acciones. Lo amó porque esta profundamente equivocado. No que sea incorrecto cumplir con las exigencias de Dios, pero no es eso lo que salva o da la vida eterna, sino precisamente la bondad infinita de Dios.

Los seres humanos somos así. A la hora de compararnos con los demás generalmente exhibimos nuestras buenas obras. Que no somos como los demás. Ellos si son malos. Nosotros no porque hacemos esto o aquello. Sin reparar que delante de Dios nuestras buenas obras buscando salvación son insuficientes.

IV. Ignorando nuestras grandes debilidades

Cuando el joven rico le dijo a Jesús que había cumplido desde hace mucho tiempo con los mandamientos que le mencionó pensó que había impacto al Señor y que tendría su aprobación, pero ignoraba que estaba ante el mismo Dios que todo lo sabe.

Le dijo que le faltaba algo para sentirse bueno: deshacerse de todas sus posesiones, para entonces sentirse bueno. El problema no eran sus riquezas sino su amor a ellas y su apego a los bienes materiales. Si en realidad quería saber si era bueno, regalar sus posesiones a los desvalido serían la manifestación contundente.

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