Creer lo que no vimos

La Biblia dice en Juan 20: 29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

La aparición de Jesús a sus seguidores después de haber resucitado fue gradual. Primero supo y vio a Jesús resucitado, María Magdalena. Luego supieron que Jesús había resucitado Pedro y Juan y luego los otros diez que estaban en una casa encerrados por miedo a los judíos. Juan retrata a unos medrosos discípulos.

Al último que se le apareció de los once fue a Tomás, conocido como el Dídimo o Gemelo, quien estaba ausente cuando Jesús apareció a los diez que estaban juntos y se negó categóricamente a aceptar que Jesús había derrotado a la muerte y había vuelto a la vida, a pesar de que el Señor se los dijo una y otra vez a sus discípulos.

Repuesto de este momento de debilidad e incredulidad gracias a la confrontación directa que Jesús hizo sobre él, reconoció su grave error y Cristo aprovechó la ocasión o ese momento para, además de reprenderlo, lanzar una de las más bellas bienaventuranzas en el evangelio de Juan.

La palabra “bienaventuranza” procede de la raíz griega “macarizzo” de esa expresión griega procede el nombre Macario y es una expresión que se traduce de diversas maneras en algunas versiones de la Escritura como feliz, dichoso, bendecido, contento, entre otras. Los romanos utilizaban esta expresión para señalar a alguien afortunado.

Macarizzo se utilizaba para referirse, según los romanos, a quien la fortuna había sido benevolente con él y en consecuencia podía ser feliz o vivir dichosamente. En ese sentido era una aspiración y anhelo de todos los hombres porque así la vida se convertía en una dulce experiencia.

Bajo ese sentido, que enorme bendición alcanzan todos aquellos que no vieron ni vivieron todos los sucesos que Juan y los evangelistas relatan en sus escritos, pero que los abrazan con toda la seguridad que ocurrieron. No hay felicidad más grande que creer que lo descrito por Juan es verdad. Aceptar, que es uno de los sentidos de la palabra creer, trae dicha.

El evangelio de Juan fue escrito, según dice de sí mismo, para que creamos que Jesús es el Hijo de Dios y creyendo tengamos vida eterna. No lo vimos, pero lo abrazamos con todo el corazón. Nos conmovemos con los novios que tuvieron vino para toda su boda, nos emocionamos con la samaritana que encontró empatía con Jesús.

Y nos conmocionamos con la resurrección de Lázaro, nos alegramos con la sanidad del ciego de nacimiento y nos impresionamos con la alimentación de los cinco mil. No los vimos, pero lo creemos. La palabra creer no significa asentir mentalmente una afirmación, sino una recepción total y completa de una verdad para modificar nuestra vida.

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