Dios domina las aguas

La Biblia dice en Salmos 114: 8 El cual cambió la peña en estanque de aguas, y en fuente de aguas la roca.

El agua es un elemento fundamental en la vida del hombre. Le resulta indispensable para su existencia. Su ausencia o su exceso siempre trae funestas consecuencias para hombres y mujeres. Cuando hace falta se vuelve imposible la vida y cuando sobreabunda también porque destruye lo que hay a su paso.

En el salmo ciento catorce se nos muestra y demuestra como Dios tiene control sobre este elemento de la creación. Dios domina sobre el agua aún en las cantidades más grandes como los mares, pero también aún en las cantidades más pequeñas como las que encontramos en ríos y la hace aparecer donde menos podemos imaginar.

El salmo 114 es recitado por los hebreos durante su celebración de pascua. Cada año cuando su calendario litúrgico así lo señala los judíos utilizan este salmo para rememorar su gloriosa salida de Egipto y su periplo rumbo a la tierra prometida. Es un imperativo para ellos rememorar los acontecimientos de esos días que marcaron a su nación.

El salmo trae a la memoria de los israelitas el poder sobrenatural de Dios que abrió el Mar Rojo para que pasaran y a su vez destruir al Faraón que los venía persiguiendo y también les lleva a conmemorar el día en que dirigidos por Josué el río Jordán se detuvo para que pasaran del oriente a occidente a conquistar la tierra que fluye leche y miel.

El tehilim hebreo concluye con uno de los sucesos más sorprendentes y milagrosos: Dios haciendo brotar de la piedra o de la roca agua. Su control soberano es tal que puede hacer con el agua lo que le plazca. En el desierto, cuando los judíos desfallecían de sed, hizo que de una roca brotara agua.

Nada es imposible para Dios. Su control sobre su creación es tal que hace lo que le viene en gana y gobierna la naturaleza de tal manera que cuando se piensa que no puede hacer nada frente a grandes volúmenes de agua él lo hace o cuando se piensa que no puede obtener agua de una roca, también lo hace.

La lección es sencilla, nuestro Dios tiene tal dominio y tal control que nada puede escapar a su soberanía. Él fundó la tierra. Él es su dueño y hace con ella como le place. Cuando sus hijos necesitan algo él mismo se encarga de extraerla de su propia creación. Es un Dios inigualable que transforma el desierto en manantiales.

Su poder para cambiar las circunstancias queda de manifiesto con el trato que le da al agua en cualquier lugar donde se localice. Nada es imposible para el Señor. Domina y gobierna todo.

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