La superioridad de Cristo es mejor que las reglas humanas

La Biblia dice en Colosenses 2: 20-23

20 Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos  21 tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques  22 (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? 23 Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne. 

Introducción

En su libro El contrato social, el pensador francés Montesquieu escribió que las relaciones humanas necesitaban un instrumento o mecanismo que permitiera la convivencia sana entre los hombres. Creía que para que no se destruyera la humanidad, agrupada en conglomerados sociales era indispensable que hombres y mujeres respetaran la ley.

Sus ideas dieron pie al nacimiento de lo que hoy conocemos como el Estado moderno. El Estado fue creado para proteger a los seres humanos de sí mismos. Y se crearon reglas, mandatos, ordenanzas y leyes que regularan la vida social de cada persona. En cierta medida se logró que la humanidad se controlara.

Hoy en día hay leyes que reglamentan la vida de los individuos. Se supone que se deben de cumplir para que la vida transcurra si no en completa calma, si por lo menos con los mínimos estándares de convivencia que se necesitan. El mundo está lleno de reglas u ordenanzas que ayudan.

Aunque las reglas han existido desde los tiempos de Pablo. Las reglas buscan que la conducta humana se sujete o se someta a valores y principios que les permitan bien vivir y convivir con su prójimo. Ese es el ideal de quienes creen que el Estado es el factor para desarrollar a los individuos.

La iglesia busca que los seres humanos se conviertan en personas que amen a su prójimo. En el amor al prójimo de cumple toda la ley y se alcanza el anhelo de Cristo. La única manera de lograr esta aspiración se encuentra en el nuevo nacimiento. Ese hecho es el que hace posible la transformación de las personas para aprender a amar.

Todo parece claro, pero a la iglesia de Colosas los falsos maestros entraron para instituir reglas y ordenanzas nacidas de la mente humana para “ayudar” a los hermanos a vivir su cristianismo con preceptos que son buenos, pero frente a los apetitos de la carne nada pueden hacer para controlar a los creyentes.

La superioridad de Cristo es mejor que someterse a reglas humanas

I. Porque une al creyente con Cristo
II. Porque aunque útiles, las reglas se destruyen con el uso
III. Porque no ayudan a combatir los malos deseos

Los falsos maestros llevaron a la iglesia “reglas humanas”, preceptos les llama Pablo. La palabra “precepto” procede de la raíz griega “dogmatizó” de donde procede la expresión “dogma”. Un dogma es un postulado o enseñanza que se debe aceptar sin razonar o sin discutir porque es casi una ley.

Pablo enumera tres: no manejes, no gustes y no toques. Todos ellos relacionado con prohibiciones que los fariseos desarrollaron como resultado de sus interpretaciones de preceptos de la Torá judía. La religión judía devino en un sistema prohibicionista. No se podía hablar a los extranjeros. No se podía hablar a las mujeres. Y así un “no” interminable.

Pablo se opuso rotundamente a esta enseñanza y en los versos que hoy estudiaremos expone las razones por las que no está de acuerdo con que el creyente tenga reglas u ordenanzas de este tipo o de esta naturaleza. No porque sean malas, sino porque son incapaces de amortiguar o detener los apetitos de la vieja naturaleza.

I. Porque une al creyente con Cristo

La superioridad de Cristo ha unido al creyente con su Salvador. Esta unión se logró gracias a la muerte y resurrección de Cristo. Al arrepentirse y aceptar su condición de pecador y la muerte vicaria o en su lugar en el calvario el hijo de Dios está unido para siempre con Jesús.

La frase que la versión de la Biblia Reina Valera 1960 señala “si habéis muerto con Cristo” otras versiones lo traducen como “ustedes están unidos a Cristo por medio de su muerte”, no como una condición o posibilidad o hipótesis, sino como una afirmación. La palabra griega “apethanete” con lleva la idea de alguien que ha muerto o está muriendo como en Lucas 8: 42.

La muerte con Cristo es suficiente para dotar al creyente de una nueva naturaleza, porque al morir con Cristo también resucitó con él para andar en novedad de vida. A través del Espíritu Santo el hijo de Dios ha sido dotado de una capacidad divina para hacer el bien y alejarse del mal.

Justamente en eso consiste la superioridad de Cristo. En que el Señor es suficiente o su obra salvífica ha hecho posible que el hombre o el creyente pueda llevar a cabo buenas obras que glorifique a Dios, y a la vez pueda luchar contra su vieja naturaleza que lo atosiga para pecar.
Esa es la razón por la que se Pablo se sorprende e interroga a los Colosenses para cuestionarlos: ¿Por qué como si vivieses en el mundo, se someten a preceptos? Se sorprende y desarrolla el tema de las reglas humanas que quieren ocupar el lugar que solo Cristo puede y debe tener.

II. Porque, aunque útiles, las reglas se destruyen con el uso

Los falsos maestros querían que los creyentes de esa iglesia se sometieran a reglas relacionadas con prohibiciones de ciertas actividades humanas relacionadas con el ascetismo en la vida cristiana.

Esas reglas no estaban de todo mal. El propio Pablo reconoce que tenían cierta reputación de sabiduría, es decir era innegable su utilidad porque atendían aspectos de la vida cristiana como hacer religiosas a las personas, a vivir en humildad y dominar el cuerpo con un trato disciplinado.

Pero al final no eran más que enseñanzas humanas que con el tiempo van perdiendo su valor. Es decir una generación las puede promover y cumplir y la siguiente las sigue cumpliendo, pero ya no las promueve y la tercera generación ni las cumple ni las promueve, porque son reglas humanas.

Pablo quería y quiere que los creyentes distingan perfectamente entre los mandamientos y doctrinas de hombres y la voluntad de Dios expresada en su revelación escrita. Las primeras no tienen valor alguno, en tanto que las segundas son imperecederas, es decir nunca acabarán y serán eternas.

La iglesia lucha por hacer prevalecer lo que ordena la Escritura y desoír lo que enseñan los hombres. Una enseñanza prohibicionista es un error como lo es también una enseñanza permisiva donde todo es aceptable, aún conductas pecaminosas, solo porque las ha dicho alguien desde un púlpito.

III. Porque no ayudan a combatir los malos deseos

El gran problema de las reglas u ordenanzas humanas es que son impotentes a la hora de lidiar o que el creyente batalle contra su vieja naturaleza que siempre está al acecho para hacerle caer.

Los creyentes luchan diariamente contra su naturaleza caída. Es una batalla constante en la que unas cuantas reglas no pueden modificar el corazón del ser humano porque son mandamientos humanos. La superioridad de Cristo queda de manifiesto con esta verdad. Solo Cristo puede darnos la victoria en esta gran batalla.

A lo largo de la historia de la iglesia se han desarrollado cientos o miles de reglamentos y casi siempre su fracaso ha sido estrepitoso porque están basado en concepciones e ideas que nacieron de una mente en muchas ocasiones no regeneradas.

Cuando Cristo es superior en la vida de las personas, es más que suficiente para hacer frente a los deseos carnales que batallan contra el alma porque su Espíritu hace que la vieja naturaleza sea derrotada.

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