Jesús y las mujeres (1)

El trato que Jesús le dispensó a las mujeres fue reivindicatorio. La sociedad de su tiempo era extremadamente cruel con ellas. Los judíos de ese tiempo oraban a su Dios diciendo: Señor, te doy gracias por que no me hiciste perro, porque no me hiciste gentil y porque no me hiciste mujer. Sobra explicar con que comparaban a las mujeres de ese tiempo.

Fue tan grande la compasión de Jesús con ellas y fue tan sublime su trato para con cada una con las que interactuó, que por su atención amistosa, ha llevado a algunos a una de las más grandes equivocaciones y profanaciones del nombre de Jesucristo, ya que lo han asociado sentimentalmente con María Magdalena, que equivocadamente se ha pensado que fue una prostituta.

Jesús tuvo un trato respetuoso con las mujeres. Martha y María, hermanas de Lázaro, avecindadas en Betania, la mujer sorprendida en el mismo acto del adulterio a la que perdonó, la viuda de Naín que había perdido a su hijo, la mujer que vertió un perfume de nardo muy puro en Jesús y que ungió sus pies con sus lagrimas y su propia madre recibieron la misericordia de Jesús.

La mujer con flujo de sangre, la madre de los hijos de Zebedeo y la mujer sirofenicia, que suplicó por la sanidad de su hija que vivía gravemente atormentada por un demonio, y ni que decir de la mujer samaritana que constituyen el vivo ejemplo del trato afable que Jesús le dispensó a las mujeres que se acercaron a pedirle su ayuda y su auxilio ante sus grandes necesidades.

De hecho el evangelista Lucas señala que además del grupo de los doce discípulos, Jesús conjuntó un grupo de mujeres entre las que señala a la ya mencionada María Magdalena de la que expulsó siete siete demonios y también a Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes y Susana y otras muchas mujeres que le servían de sus bienes.

Nunca estará demás decir que en la época ministerial de Jesús, el rol de la mujer era invisible, así que el hecho de contar con un grupo nutrido de mujeres que acompañaban su ministerio es una prueba fehaciente de que las mujeres tenían un gran valor y una importancia infinita en la persona de Jesús.

De hecho, Jesús reivindicó el papel de la mujer. Con Jesucristo las mujeres dejaron de ser esos seres inexistentes, esas personas carentes de derechos y ese sector social despreciado y menospreciado. Jesús colocó a la mujer en el lugar que le correspondía como coherederas de la gracia divina.

Los evangelios, que son la primera fuente de la vida y obra de Jesús, retratan al Salvador del mundo como un ser para quien las mujeres eran y son personas relevantes, que no deben ser excluidas, discriminadas y abusadas. Al contrario merecen igual que los varones el perdón divino y la impartición de la piedad del cielo.

Nada más lejos de la realidad que pensar que Jesús fue apático de las necesidades de las féminas. Nada más tergiversado que acusar a Cristo de una actitud de superioridad o de indolencia ante sus sufrimientos, sus fracasos, sus temores, sus dudas y sus tristezas. Si alguien tuvo empatía con ellas fue precisamente el Salvador del mundo.

Quienes le buscaron y suplicaron su atención recibieron siempre e ineludiblemente una palabra de aliento, un milagro y el perdón de sus pecados porque al final de cuentas hombres y mujeres necesitan ser liberados de sus ataduras.

En este tiempo de mujeres conviene y es menester recordar que Cristo Jesús jamás despreció a las mujeres y su ejemplo es una directriz para la iglesia, para sus seguidores y para aquellos que quieren seguir el camino que Jesús dejó trazado.

Respetar, empatar, ayudar, socorrer, comprender y amar son actitudes con las que se debe relacionar con las mujeres. De esa forma se estará honrando al Señor quien fue y es ejemplo del buen trato que se les debe dar, al hacerlo se estará cumpliendo cabalmente con sus enseñanzas y tener presente que Cristo jamás fue desconsiderado o descortés con ellas.

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