Jesús y las mujeres (2)

La Biblia dice en Juan 8: 11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete y no peques más.

La frase “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra” muy citada no solo en el mundo eclesiástico, sino aún en el ámbito secular, procede justamente de la historia que el evangelista Juan relata en el capítulo ocho y particularmente cuando una mujer “sorprendida en el acto mismo del adulterio” fue llevada a Jesús para que la condenara.

El cuarto evangelio de Nuevo Testamento omite el nombre de esta fémina que compareció ante Cristo arrastrada por los fariseos para probar al Señor sobre un asunto que no tenía caso llevarlo ante Jesús: el adulterio en los tiempos del ministerio del Señor se sancionaba de una sola manera: lapidación o muerte a pedradas.

Lo sorprendente de la historia es que sí fue sorprendida en el acto mismo del adulterio por qué no compareció el hombre, por qué solo ella fue llevada y cómo fue que la sorprendieron. La respuesta la encontramos en un tema que ha existido por los siglos: la culpabilidad femenina exaltada en un tema como la infidelidad conyugal.

Para los fariseos, como para muchos todavía hoy, la mujer es más responsable o en ocasiones la única culpable del engaño matrimonial. Esa falsa percepción era común entre los fariseos y sigue siendo común en nuestros tiempos. Parece que la mujer es más pecadora que el hombre, aún cuando para el adulterio invariablemente se requieren dos personas.

Cuando la mujer llegó o más bien fue llevada a la fuerza con Jesús, sabía perfectamente que nadie podría hacer nada por ella. Estaba consciente de que sería muerta a pedradas porque así lo establece la ley de Moisés. En realidad era un simple trámite pasar con Jesús. La realidad es que sería condenada.

Sin embargo, cuando parecía todo perdido, Jesús dirigió unas cuantas palabras a los acusadores y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en  en arrojar la piedra contra ella. Dicho lo anterior, los acusadores, acusados por su conciencia, salieron uno por uno comenzando por los más viejos y terminando por los más jóvenes.

Pero no nos equivoquemos. No es que Jesús fuera permisivo con el pecado. No. Lo que Jesús hizo fue perdonar a la mujer. No la condenó. Ni la prejuzgó, sino que le ofreció su compasión infinita para hacerle ver que frente al pecado cometido siempre hay una esperanza si el corazón se llena de arrepentimiento.

Jesús le dio un trato muy diferente a las mujeres. No las excluyó. Sufrió con ellas y padeció por ellas. No las señaló. Les ayudó a entender la complejidad del corazón humano y les mostró un camino para alcanzar sus sueños, abrazar sus anhelos y sustentar su corazón ante las adversidades.

Las mujeres tienen en Jesús un aliado, no un adversario. Un aliado que las entiende, que las sostiene en las horas difíciles y que les tiende su mano exactamente cuando nadie quiere mover un dedo por ellas.

La adúltera perdonada es el mejor ejemplo que Jesús no se dejó arrastrar por los fariseos que en lugar de proponer una salida compasiva, la condenaron sin intentar llevarla al arrepentimiento. No. Jesús no mira a las mujeres pecadoras como candidatas irremediables al infierno. Jesús les muestra su amor para ayudarlas frente a un sociedad que las señala.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: