Jesús y las mujeres (3)

La Biblia dice en Juan 4: 16-18 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.

Jesús inició un ingenioso diálogo con una mujer que el evangelio de Juan define como “mujer samaritana”. Ella era oriunda de una región llamada Samaria habitada por una mezcla étnica de judíos y gentiles. Es decir no era completamente judía. Para los hebreos les resultaban odiosos porque llevaban en sus venas, según ellos, sangre pagana.

Judíos y samaritanos no se trataban. Es más cuando los judíos querían insultar a alguien le llamaban “samaritano”. Era uno de sus insultos favoritos. A Jesús los fariseos lo llamaron “samaritano” y por eso cuando el Señor comenzó a platicar con esta mujer, ella se extrañó que un israelita le hablará y todavía más impresionante que fuera hombre.

Pero Jesús tenía un propósito muy claro al hablar con ella. Estaban en un pozo de agua y él le pidió agua para beber. Ella sorprendida por la petición le recordó que él era judío y ella samaritana. La discriminación racial la tenía marcada. Fue lo primero que Jesús quiso romper en la vida de ella porque la discriminación nos hace sentir menos y ante Jesús todos somos iguales.

Con el tema del agua comenzó la plática. Jesús le dijo que si supiera quien era el que le estaba pidiendo agua, ella le pediría a él y él le daría agua viva. Ella no llegaba a asimilar a qué se refería Cristo con “agua viva”, ni con dejar de tener sed si aceptaba beber ese “líquido” que le ofrecía.

Para que comprendiera a qué se refería con sus palabras, Jesús le pidió que llamara a su marido. Ella le dijo que no tenía marido y entonces, Cristo le reveló algo que tal vez solo ella sabía: que había tenido cinco maridos y que el actual no era tampoco su marido, sino una pareja más. Seis relaciones sentimentales, no sabemos en que periodo, pero fueron seis.

Evidentemente, la mujer buscaba ansiosamente algo que llenara su vida. Había en su interior insatisfacción personal que buscaba llenar a través de sus relaciones amorosas, pero todas ellas habían sido insuficientes para sentirse llena, completa, satisfecha. Jesús quería que ella experimentara con su compasión para llenar su corazón.

La mujer necesitaba ser amada. Tenía la necesidad de sentirse protegida. Tenía también la necesidad de sentirse acompañada. Ella salió a buscarla y tras seis intentos seguía buscando encontrar el anhelo de su corazón. Jesús llegó a su vida, no a condenarla por tantos tropiezos sentimentales, sino a señalarle el camino para sentirse satisfecha.

Le ofreció el “agua viva” que era su persona. En Cristo la mujer puede encontrar su realización. Nadie conoce el corazón de la mujer mejor que él porque él fue quien lo diseñó. Él sabe de sus necesidades y sabe como suplirlas. Jesús abraza a todas las mujeres porque sabe de sus luchas, de sus fracasos y tropiezos y las ama con todo su ser.

A Jesús no le interesó que la mujer fuera samaritana, que haya tenido seis maridos y que haya vivido insatisfecha tanto tiempo. Su interés se centraba en su persona, en sus necesidades y en su alma sedienta de amor verdadero.

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