Jesús y las mujeres (4)

La Biblia dice en Lucas 7: 39 “…Este, si fuera profeta, conocería quién quién y qué clase de mujer es la que lo toca, que es pecadora.”

Una mujer de mala fama es objeto de escarnio, burlas, acusaciones injustas y toda clase de leyendas negras. Su vida transcurre en medio de murmuraciones, habladurías e insinuaciones de varones que ven en ella una posibilidad de desahogar la libido con relativa facilidad.

Nadie se quiere acercar a una mujer de mala fama. Las mujeres le rehúyen. No las vayan a comparar con ella. Los hombres, si la buscan, lo hacen para tener una relación fugaz, nada serio ni nada formal. Su reputación es tan baja que nadie quiere cargar bajo sus espaldas con tan mala opinión.

Las prostitutas forman el peldaño más bajo del desprecio de hombres y mujeres. Una meretriz es una paria. Solo puede sobrevivir donde nadie conoce su actividad mal llamada el “oficio más antiguo del mundo” porque de inmediato se despierta, cuando se conoce a lo que se dedica, la parte más oscura de los seres humanos.

Una mujer así, buscó a Jesús. El Maestro había despertado tanto entusiasmo entre las féminas por su trato amable y sobre todo porque no las juzgaba, ni prejuzgaba, ni condenaba por el tipo de vida que llevaban. Jesús veía en ellas personas necesitadas, personas con una profunda falta de amor que tenía que ser suplido, sin reclamos, sin condenas.

Pero cuando lo buscó lo hizo en casa de un fariseo llamado Simón. La reacción de este hombre fue como la de muchos: Qué hace esta mujer tocando al Maestro y qué hace él permitiéndolo. Jesús, por supuesto, sabía quién era esa mujer y en lugar de asumir la misma actitud que su anfitrión, optó por defenderla.

La defendió porque para Jesús todas las mujeres son valiosas. Ninguna de ellas es más ni es menos. No importa su condición moral o la opinión que los demás tienen de ella o a lo que se dedique, para Cristo la mujer es valiosa por el hecho de ser un ser humano. Por eso no permitió que Simón volcase todos sus prejuicios sobre ella.

El Señor mostró y demostró una y otra vez que miraba a las mujeres con ojos de compasión y bondad. Así lo demostró ayudándolas y cuidándolas de hombres y aún de algunas mujeres que querían hundirlas en lugar de ayudarlas. Mientras otros las condenaba y otras también, Jesús les tendía su mano.

Mientras otros se regodeaban en señalarlas pecadoras para aparecer como santos y santas, Jesús les ofrecía su empatía y su salvación.

No. El Jesús que algunos han tratado de presentar como condenador o castigador de las mujeres no es el que los evangelios retratan. Jesús es más que eso. Es un ser lleno de bondad que lanza siempre un salvavidas a aquellas mujeres que la sociedad ha desechado, incluyendo sus propias congéneres.

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