Con la fuerza del Señor

La Biblia dice en Efesios 6: 10 Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor y en poder de su fuerza.

Antes de hablarles y advertirles de la armadura que deben tomar ante la intensa lucha espiritual a la que están sometidos los creyentes de la iglesia de Éfeso, el apóstol le pide que no luche con sus propias fuerzas, que no recurran a sus propias capacidades y por el contrario tomen fuerza del Señor.

Si los hebreos del Antiguo Testamento luchaban contra ejércitos para expulsarlos de la tierra que Dios prometió a Abraham, el creyente del Nuevo Testamento libra una lucha desencarnada contra el maligno y sus demonios que buscan por todos los medios regresarlo al mundo donde gobierna y destruye a quienes allí viven.

Pablo le pide a los creyentes, entonces, que se fortalezcan en el Señor, que tomen fuerzas de Cristo porque queda muy claro que en sus propias fuerzas el creyente no podrá luchar contra un ser que se vale de los más diversos y variados recursos para hacer tropezar al hijo de Dios.

La traducción al lenguaje actual de la Biblia este verso se traduce así: “Finalmente, dejen que el gran poder de Cristo les dé las fuerzas necesarias.” Queda claro de esta forma que la primer actitud que el discípulo del Señor necesita es reconocer que necesita fuerzas, que no las tiene y que solo Jesús se las puede dar.

Pensar que nuestras capacidades, talento o inteligencia puede suplir la fuerza de Cristo en nuestras vida es un sutil engaño. Jamás podremos luchar contra las fuerzas de las tinieblas basados exclusivamente en nuestros recursos humanos. La derrota es lo único que nos espera con una actitud así.

El poder de Cristo es lo único que nutre nuestra vida. Viene a nuestra vida cuando dependemos completamente de Él. Cuando dejamos que Él tome control de nuestras decisiones y cuando el desplaza a nuestro yo y se entroniza en nuestro corazón para dar paso a su vida en nuestras existencias.

La noche de la detención de Cristo las tinieblas derribaron a Pedro, pero cuando fue revestido del poder de Dios ni la más densa oscuridad espiritual pudo contra su fe porque se había fortalecido en el poder de su fuerza.

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