Tormentas que hacen crecer nuestra fe

La Biblia dice en Hechos 27: 20 Y no apareciendo ni sol, ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.

El autor del libro de los Hechos, Lucas, el médico amado, escribe en primera persona el naufragio que vivió al acompañar a Pablo de Jerusalén a Roma donde sería juzgado al haber apelado al César por se un ciudadano romano, acusado injustamente de cambiar o trastocar las leyes judaicas.

Los pormenores de este penoso relato nos dan cuenta del grave peligro que vivieron no solo Pablo y Lucas, sino también Aristarco, el colaborador de ellos, quienes vivieron en carne propia una aventura que estuvo a punto de costarles la vida porque en el gran mar como le llamaban en esa época al mar Mediterráneo su embarcación fue golpeada por un huracán.

Si estando en tierra un huracán resulta peligrosísimo, es de imaginarnos lo que representa que sus vientos ataquen una nave en pleno mar. La escena la podemos retratar fácilmente: una nave arrojada de un lado para otro, inestabilidad y perdida del control de la misma y el comienzo del hundimiento.

Fue tan grave el problema que incluso llegaron a perder la contabilidad de los días. Ya no supieron que día vivían. Para lograr sobrevivir tuvieron que echar al embravecido mar sus aparejos y solo se acogieron a esperar un milagro de parte de Dios. No había otra alternativa u otra cosa que hacer.

Visto en retrospectiva que tremenda experiencia de Pablo y sus amigos, sin comer y sin dormir por muchos días literalmente desfallecían en medio de un huracán llamado Euroclidón. Desde esa época ya se le ponía nombres a los huracanes. Todo parecía perdido y la muerte era más que segura.

Pero en esos momentos trágicos, Pablo recibió la visita de un ángel del Señor que le dijo que no tuviera temor, que nadie habría de morir, que sí tendrían afectaciones en el barco, pero que saldrían con vida todos. Y así en medio del mar, en medio de la desesperanza, Pablo llamó a todos a comer.

La tormenta estuvo a punto de matar a doscientas setenta y seis personas, pero la confianza en Dios, los rescató de una muerte segura. Luego de varios días lograron llegar a una isla donde tomaron otra nave para luego salir rumbo a Roma, luego de tres meses, a cumplir el propósito de vida de Pablo: testificar ante los gobernantes romanos.

Hay algunas tormentas que Dios permite para hacer crecer nuestra confianza. Jesús podía reprender al viento y a la lluvia, como lo hizo en el mar de Galilea con sus discípulos, pero no lo hizo con Pablo, porque quería mostrarle cuanto lo cuidaba y que ningún peligro cambiaría sus planes de llevarlo a predicar a la capital del imperio mismo. Bendito Dios por sus tormentas, que hacen crecer nuestra fe.

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