Huyendo ante el peligro

La Biblia dice en Mateo 26: 56 Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

Según el relato de Mateo de las últimas horas de Jesús, luego de celebrar la pascua con sus discípulos, salió al monte de los Olivos a un lugar llamado Getsemaní donde fue detenido por la guardia del templo encabezada por Judas Iscariote, quien lo traicionó por treinta monedas de plata.

Los cuatro evangelios relatan desde diferentes ángulos ese momento que provocó una severa crisis en casi todos los discípulos que se dieron a la fuga por miedo a que los relacionaran con Cristo, los detuvieran y los enviaran también al tormento de la cruz. El miedo y pavor los hizo que salieran disparados.

Lo que para muchos sería el momento más importante para su vida espiritual porque estaban ante el cumplimiento de lo que dice la palabra de Dios, para los apóstoles fue un momento de gran peligro que los hizo abandonar a Jesús y huir. La palabra griega para “huir” es “feugó”, de donde se deriva la expresión “darse a la fuga” o “fugarse”.

Los diez, Judas no huyó porque fue parte del complot para detener a Jesús, salieron corriendo a esconderse como cuando un reo se fuga de un penal para no ser encontrado. Pedro tuvo las agallas para salir e ir a la casa del sumo sacerdote donde Jesús era juzgado por el sanedrín hebreo, solo para ser reconocido como uno de los suyos y negarlo tres veces.

Cristo, entonces, experimentó la soledad. Así es el sufrimiento, se experimenta en soledad. Es difícil encontrar un compañero o alguien que pueda entender el padecimiento o la tribulación que estamos atravesando y solo el Señor, que sabe plenamente lo que significa el abandono en esas horas negras, puede entendernos, comprendernos y consolarnos.

El peligro de muerte en el que se vieron los discípulos del Señor les hizo dejarlo solo. Solo Juan, el discípulo amado, lo acompañó al pretorio toda esa noche y caminó con él hacia el calvario donde presenció muy de cerca su martirio y pudo oír sus palabras encomendándole a su madre.

La reacción de los seguidores de Cristo fue instintiva. Reaccionaron ante el peligro como todos los seres humanos reaccionan. Huyeron. Fueron incapaces de mantenerse junto al Señor, su Señor, cuando más se les requería. Que difícil es para todos resistir, soportar las presiones del mundo. Solo supieron estar en las buenas, pero no en las malas.

Que tragedia para los seguidores de Cristo si ante el peligro o ante la posibilidad de perder la vida, nuestras convicciones se acomoden en función de la situación que se vive y olvidemos que seguimos a quien ofrendó su vida por nosotros sin más motivación que su amor por unos pecadores inmerecedores de su amor.

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