El dueño de todo

Dice Mateo 21: 3

Y si alguno les dice algo, le dirán el Señor los necesita, y pronto los devolverá.

Al apoteósico ingreso de Jesús a Jerusalén en lo que hoy conocemos como “Domingo de ramos” le antecedió un hecho singular. Habría que conseguir un pollino o burrito sobre el cual nadie había cabalgado y Jesús envió a dos de sus discípulos a conseguirlo de una manera fuera de lo común.

Les pidió que fueran a una villa que estaba enfrente del monte de los olivos que algunos identifican como Betfagé y allí encontrarían un burra atada y con ella también amarrado un burrito. Desatarían a ambos y los llevarían con él. Los discípulos fueron e hicieron como Jesús le había dicho, pero se encontraron con el dueño de esos animales.

Instruidos por Jesús le dijeron que el Señor los necesitaba, pero que los devolvería de inmediato y dicho lo anterior el dueño de ellos los entregó para que Jesús los usará en el evento que marcó el comienzo del fin de su ministerio terrenal, luego de tres años de intensa preparación para sus discípulos y predicación del reino de Dios.

La forma de conseguir el pollino sobre el que entraría sentado en Jesús a Jerusalén nos enseña muchas cosas importantes sobre su omnisciencia, capacidad para saber todas las cosas porque sabía justamente que en esa lejana villa se encontraban esos dos animales que iba a utilizar. Su conocimiento de todo lo que ocurren en este mundo nos pasma.

El segundo aspecto que más nos estremece es que el relato nos enseña claramente que Dios es dueño de todo. Los seres humanos no somos dueños de absolutamente nada. Los bienes materiales, las riquezas e incluso la vida son un don divino que él puede tomar cuando así lo considere pertinente.

La entrada triunfal en Jerusalén nos recuerda que el Señor es propietario exclusivo de todo lo que hay en este mundo como dice el salmo veinticuatro: Del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. Nunca podremos ser dueños absolutos de nada porque nada hemos traído a este mundo y nada nos llevaremos.

El desapego a lo material nos ayudará mucho para evitar la ansiedad, la angustia y la desesperanza porque sabiendo que solo somos administradores de lo que tenemos y sobre nosotros gobierna o manda un superior jerárquico, nuestra alma descansa tranquilamente en que Él sabrá cuidar lo suyo.

Cuando pensamos que el Señor nos pide algo, debemos dárselo, el tiempo, la vida, los bienes, recordando que todo es suyo, sin olvidar que todo lo que le damos voluntariamente nos lo regresará, aunque en realidad no tendría necesidad de hacerlo pues todo es suyo y no debe dar explicación de nada, pero como nos ama tanto nos recompensa.

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