Noventa días en una isla

La Biblia dice en Hechos 28: 11 Pasados tres meses, nos hicimos a la vela en una nave alejandrina que había invernado en la isla, la cual tenía por enseña a Cástor y Pólux.

Después del naufragio en la isla de Malta que padeció el apóstol Pablo, tuvo que permanecer en ese lugar al menos durante todo el invierno porque la nave que lo llevó a Roma estaba en esa isla esperando que terminara esa estación para partir a la capital del imperio romano.

El deseo de Pablo era llegar a la ciudad de las siete colinas a presentar su defensa ante el emperador, pero una intensa tormenta provocó que el barco en el que viajaba quedara varado en una isla donde tuvo que permanecer por más de noventa días a la espera de zarpar. Pablo vivió un breve encierro o una obligada estancia en un lugar que no conocía.

Un accidente en alta mar provocó que Pablo llegará a un lugar que nunca estuvo considerado dentro de su trabajo misionero. La isla de Malta no representó para Pablo un sitio de interés misionero, pero allí lo llevó Dios de una manera sorpresiva, peligrosa e intempestiva. Y lo llevó allí para un confinamiento involuntario.

Pablo junto con su equipo misionero fue siempre de planes, objetivos, meta y propósitos muy claros. Iba a Roma a testificar a su favor cuando el naufragio le cambió sus planes. Según nos relata Lucas fueron noventa días en los que Pablo estuvo esperando su barco para continuar su camino a la audiencia con el César.

En realidad el barco ya estaba allí. Pero esperaban que terminará el invierno para zarpar rumbo a Roma. Que bueno es Dios siempre. El barco en el que viajaba se perdió, pero el Señor ya tenía listo el que utilizaría para ir a la capital del imperio romano. Sólo que tenía que esperar noventa días.

Pablo jamás pensó que se detendría en ese lugar. Pero no tuvo alternativa. Dios lo detuvo. Lo puso en modo reposo, diríamos usando el lenguaje de los aparatos modernos que hoy utilizamos. Pablo asumió dicha situación recordando que Dios es sabio y siempre sabe lo que hace. No intentó seguir su camino. Comprendió que había que detenerse y se detuvo.

Dios le enseñó a esperar. No que Pablo fuera un impaciente, pero el Señor le hizo ver que sus planes están por encima de los nuestros y aprender a esperar nos ayuda a disciplinarnos para conocer mejor a Dios y por supuesto para conocer lo que hay en cada uno de nuestros corazones.

Pablo sabía que era urgente predicar y testificar de Cristo, pero su ministerio tuvo un impasse o compás de espera que nos ayuda a comprender que de tiempo en tiempo Dios nos somete a esas ocasiones de espera en lo que lo único que podemos hacer es confiar en su gracia infinita.

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