Reverencia y respeto a la presencia de Dios

La Biblia dice en Salmos 24: 7 Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.

Una vez que los israelitas se asentaron en la tierra prometida, el arca del pacto que los había acompañado durante sus peregrinaje en el desierto tuvo dos domicilios, el primero en Silo a donde los hebreos subían a presentar sus ofrendas, pero tras su captura por los filisteos quedó por veinte años en Quiriat-jearim en la casa de Abinadab.

Quiriat-jearim es una ciudad cercana a Jerusalén. Cuando el rey David conquistó el monte de Sion donde estableció la ciudad de Jerusalén decidió trasladar el arca del pacto a la que a la postre sería la capital espiritual de Israel. Jerusalén se convertiría con esa decisión en el centro de adoración del pueblo judío.

Pero antes del traslado de Quiriat-jerim a Jerusalén, ocurrió una calamidad. En su primer intento por llevar el arca a Jerusalén, Uza uno de los hijos de Abinadab murió cuanto la tocó y David no quiso continuar con el traslado y el arca de nueva cuenta quedó en una casa, ahora de un prosélito del judaísmo llamado Obed-edom, un geteo.

Esas doce semanas sirvieron para que David reflexionara seriamente sobre la gloria del Señor. Fueron muy útiles para convencerse y convencer a sus gobernados de una verdad que todos los que seguimos a Dios debemos tener presente: la manifestación de Dios o su presencia debe ser reverenciada, santificada y respetada.

No quiero decir que David fuera un irreverente o que tuviera en poco la presencia de Dios, pero el arca del pacto parecía solo un objeto simple, era muy pequeña y a los ojos de algunos podría parecer insignificante, pero representaba la presencia de Dios en medio de Israel.

El salmo veinticuatro fue compuesto con motivo de la llegada del arca del pacto a Jerusalén. En ese salmo David vuelca todo su corazón para reconocer que más que un artefacto, un mueble o un implemento, el arca del pacto es o era la manifestación clara y diáfana de que Dios estaba en medio de ellos y merecía toda consideración y reverencia.

David quería que sus compatriotas entendieran que no estaba entrando una caja simple sino el Rey de gloria. El Señor de los ejércitos estaba condescendiendo con su pueblo y estaba entrando triunfalmente en la que se convertiría en la santa ciudad de Sion, Jerusalén, la hermosa provincia entre las naciones.

La historia es una preciosa estampa de que lo sagrado de la presencia de Dios debe merecernos todo respeto y consideración. Nada más y nada menos. Secularizado como está el mundo, nos debatimos entre profanos y apostatas que carecen de la reverencia que merecen todas las cosas de Dios.

El Rey de gloria se sigue abriendo paso con todo su poder y magnificencia. Su esplendor y gloria está en todos lados y en todo momento. Atendámoslo siempre con todo respeto.

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