Comprometidos con la casa del Señor

La Biblia dice en Salmos 137: 5 Si me olvidaré de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza.

Sentados en las riberas del Tigris y Eufrates, ríos de la región conocida como Mesopotamia, los hebreos lloraban como se llora cuando se ha perdido un ser querido y se lamentaban profundamente haber sido exiliados de su tierra y deploraban su cautiverio en la populosa Babilonia, nación cruel que los expulsó de su tierra.

Sus captores querían que ellos cantaran esos cánticos hebreos tan famosos y llenos de vitalidad y alegría como si estuvieran en una fiesta, pero ellos habían colgado sus arpas como se cuelga y arrincona un instrumento que no se utilizará más porque habían perdido su gozo y alegría.

Cantar cánticos de Sion en una tierra extraña era algo que no harían. No porque ya no les interesara cantar, sino porque de esa forma querían manifestar su esperanza de que pronto serían restaurados y volverían a las calles de su amada Jerusalén para celebrar fastuosa y alegremente las fiestas de su Dios.

Pero en tanto eso ocurría, en tanto que volvían, en tanto que estaban alejados de la casa del Señor, ellos mantenían su compromiso con su santa ciudad con un juramento, promesa o advertencia a modo de auto imprecación para quien olvidara a Jerusalén, para quien dejara de esperar en el fin del cautiverio.

Recodar para anhelar fue su compromiso para mantener viva la esperanza y no claudicar ante la separación y ausencia del lugar donde adoraban a su Creador. Se comprometieron a no olvidar con un clase de compromiso muy fuerte y con sanciones muy severas en caso de no acordarse de Jerusalén.

Lo hicieron así porque lejos de su patria o lejos de la casa del Señor era muy fácil asimilarse en Babilonia. Era muy fácil acostumbrarse a vivir lejos del santo monte de Sion y sentir que nada había cambiado. Por eso se decían unos a otros: “pierda mi diestra su destreza” como un castigo para quien olvidará Jerusalén.

Los exiliados de la casa del Señor hicieron un compromiso para no olvidar nunca que por más cómodos que estuvieran, que por más lejos que se encontraran, que por bien que les fuera, el lugar de adoración en Jerusalén siempre sería su anhelo y deseo y que buscarían volver de una u otra manera.

El lugar de adoración merece un compromiso inquebrantable.

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