El dueño de todo

La Biblia dice en Mateo 17: 27

Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero, tómalo, y dáselo por mí y por ti.

Para el sostenimiento del templo de Jerusalén los judíos establecieron un sistema obligatorio de contribuciones. En cada ciudad designaron personas para cobrar domicilio por domicilio un impuesto que todos debían de pagar, sin excepción y sin posibilidad de rechazarlo.

Jesús estableció en Capernaum su domicilio y hasta allá llegaron los cobradores de impuestos para que pagara porque de acuerdo a su humana concepción Jesús debía cumplir con el fisco del templo, sin considerar quien en realidad era Jesús y sin fijarse que estaban ante el dueño del templo.

Jesús no tenía que pagar nada porque en su calidad de Hijo de Dios su Padre era el propietario de ese lugar. Era ridículo lo que estaba sucediendo. ¿Cómo cobrarle a quien sostenía el templo? ¿Cómo obligarle a pagar a quien no solo era dueño del templo, sino de todo lo creado? ¿Por qué cometer semejante atropello a la dignidad de Jesús?

Los hombres que fueron a cobrarle a Jesús estaban pisoteando la honra que a Cristo se le debía y por eso su pago no fue como todos esperaban, sino de manera sobrenatural. Él pudo haber llamado a Judas Iscariote, el encargado de la tesorería entre los discípulos, para pedirle dinero para el pago.

Pero optó por otra forma. Una manera que revelara a quien le estaban exigiendo su contribución y por eso le pidió a Pedro que fuera al mar de Galilea y echará el anzuelo en ese lugar y el primer pescado que picara el anzuelo traería en su boca una moneda que tendría la cantidad exacta que se necesitaba.

Jesús no discutió para no ofender a los recaudadores del impuesto, pero demostró como lo hizo en muchas ocasiones que él era el Hijo de Dios y que su poder y majestad nadie, ni nada podría estropearlo. Su dignidad y honor los preservó hasta el último instante para enseñarnos que el es Dios por encima de todo y de todos.

El relato que hace Mateo de este suceso nos recuerda que Jesús es el Señor de todo lo creado y lo domina de tal manera que de los lugares más recónditos puede surgir su poder y grandeza porque domina el mar y la tierra y todo lo que en ellos hay. Él es Señor, nuestro Señor, es el Señor del cielo y de la tierra.

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