Esfuerzo que se premia

La Biblia dice en Salmos 126: 5

Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.

El esfuerzo siempre se premia. La dedicación y el empeño en lo que se hace siempre tiene una recompensa. Uno de los ejemplos más recurrentes de esa verdad la encontramos en quienes siembran. Su trabajo y labor bajo los inclementes rayos del sol se ve galardonado cuando la tierra produce los frutos que son cosechados.

A lo largo de la Escritura encontramos mucha veces esa ilustración. Pablo dice en 2ª a Timoteo 2: 6 “El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero.” Y Santiago 5: 7 dice en su carta “Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y tardía.”

El tamaño del esfuerzo siempre es inversamente proporcional al tamaño del triunfo. Una persona dedicada o esforzada no puede recibir el mismo premio o el mismo reconocimiento que alguien que en esa misma actividad haya hecho el mínimo esfuerzo. Eso es lo que nos dice el texto que hoy meditamos.

Se siembra con lágrimas, pero se cosecha con regocijo. Toda buena obra tiene esos ingredientes. Padecimiento, sufrimiento, dolor para alcanzar nuestros objetivos, pero luego viene el tiempo de recoger la cosecha de ese sacrificio y esa dedicación que nos llevó extremar nuestras fuerzas.

El salmo ciento veintiséis fue escrito para animar a los judíos que estaban exiliados en Babilonia y que habían perdido toda esperanza de regresar a su tierra. Estaban agotados y languidecían ante la fatalidad, pero con esta bella plegaria se les recordaba que debían de esforzarse para recibir la recompensa de retornar a su tierra.

Estas palabras nos recuerdan siempre que muchos objetivos de vida están estrechamente ligados al esfuerzo que hagamos por alcanzarlos y por ello nunca debemos de bajar la guardia o desistir en el esfuerzo y dedicación con el que hacemos lo que Dios nos ha dicho que hagamos.

Renunciar o desistir jamás será una opción. Sigamos firmes y con determinación en lo que Dios nos ha llamado recordando constantemente que sembramos con lágrimas, pero cosecharemos con regocijo. Si somos fieles el futuro que nos espera será glorioso porque el Señor siempre premia la fidelidad.  

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