La santidad de Dios

La Biblia dice en Job 25: 5 He aquí que ni aún la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos.

Bildad, uno de los amigos de Job que fue a consolarlo supuestamente expresó de manera poética la triste condición del hombre frente a Dios. El pecado de Adán y Eva nos alejó de Dios. Nos llenó de pecaminosidad y nos distanció del Creador de tal manera que nos volvimos ajenos y extraños.

Pero no solamente nos convertimos en seres separados de Dios, sino que con el pecado vinieron maldades de todo tipo que nos corrompieron. Pablo hace una larga lista de lo que sucedió: El hombre se atestó de fornicación, perversidad, avaricia, maldad, envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades.

Los hombres se convirtieron en murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios desleales, sin afecto natural, implacables sin misericordia. Y por si hiciera falta hay quienes habiendo entendido el juicio de Dios vendrá, se complacen con los que las practican.

Bajo esta idea fue que Bildad dijo poéticamente que ni la luna ni las estrellas son limpias delante de sus ojos. No es que la creación fuera pecaminosa, sino más bien para resaltar la triste condición del ser humano frente a Dios y sobre todo resaltar la situación en que el pecado pone a la humanidad.

Un Dios santo, puro, apartado del mal no puede tener relación con una humanidad que día a día parece esforzada en apartarse más y más de su Creador. Dios ama al pecador, pero aborrece el pecado. Pero llega un momento en el que la propia maldad consume a la criatura.

Justamente Bildad va más allá en este tema porque más adelante en sus palabras dirigidas a Job dice: ¿Cuánto menos el hombre que es un gusano, y el hijo de hombre, también gusano? El pecado puede invadir de tal manera la vida de una persona que la convierte en una caricatura.

Ese hombre nos recuerda también que la santidad de Dios va más allá de lo que nuestra mente natural puede comprender. Isaías lo retrató de manera magistral cuando dijo: ¡Ay de mí! que soy muerto porque siendo hombre inmundo de labios han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.

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