El temor que nos vuelve improductivos

La Biblia dice en Mateo 25: 25 Por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.

Así contestó el tercer criado a su amo que le había dado un talento, que era una moneda de un importante valor, a su regreso para hacer cuenta con él y otros dos criados a quienes también les había dejado dinero mientras se iba y a su retorno comenzó a hacer cuentas con ellos.

La parábola de los talentos como se conoce a este relato, lo presentó Jesús luego de hablar de las señales que habrían de ocurrir antes de su retorno glorioso y sirven como referente para entender y comprender cuál es la actitud que Cristo espera de sus seguidores en todo tiempo porque el prometió: “Ciertamente vengo en breve”.

Y la parte relativa al siervo que llama malo y negligente nos ocupa este día. Su actitud contrasta grandemente con la de sus otros dos compañeros que recibieron cinco y dos talentos que fueron, negociaron y obtuvieron una cantidad similar al que se les había encomendado y fueron encomiados por su señor.

El miedo paralizó a este hombre. Sintió temor y lo único que se le ocurrió fue ir y enterrar el talento para evitar gastárselo pensando que sería suficiente devolverlo al regreso de su señor, pero no contó con que fuera reprendido por no haber hecho ningún esfuerzo y sobre todo por no haberse despojado de sus miedos.

El miedo es una emoción con la que todos nacemos. Conforme vamos viviendo o crecemos el miedo se puede convertir en nuestro peor compañero porque nos paraliza o no nos permite hacer desarrollar nuestras actividades pensando que nos ocurrirá algo malo o que el infortunio nos alcanzará.

El temor venció a este hombre. Un temor sin fundamento porque sus otros dos compañeros salieron y obtuvieron ganancias del dinero que les dejaron. Pensó que bastaba con devolver lo que le dieron, pero no.

El reino de los cielos es un reino donde no cabe la improductividad. Todo árbol que no da fruto, dijo Jesús, será cortado. Dijo también: Haced frutos dignos de arrepentimiento. Yo soy la vid, y vosotros los pámpanos, apuntó asimismo.

Nadie que llegue a Cristo puede llegar ante él sin algún fruto de su vida sobre esta tierra. Ese es el sentido de la parábola: fructificar para que cuando Cristo vuelva lo podamos recibir con las obras resultado de nuestra fe y no lleguemos con las manos vacías, argumentando que tuvimos temor.

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