Hebreos 11: Abraham, una fe que dirige

La Biblia dice en Hebreos 11: 8

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.

Introducción

Abraham es considerado como el padre de la nación hebrea, pero también como el padre de la fe. Es tal su influencia entre los judíos que cuando Jesús relató la parábola del rico y Lázaro dijo que cuando murió el menesteroso Lázaro fue llevado al seno de Abraham. Dios premió al padre de la fe con tal galardón que se le considera en el paraíso.

Hablar de Abraham, entonces, representa para todo judío, hablar de un hombre que confío plenamente en Dios. Un personaje que supo creerle al Señor y por ello fue declarado justo. Los rabinos judíos dicen que Abraham pasó diez pruebas a las que fue sometido por parte de Dios.

El autor de la epístola a los Hebreos nos presenta diversos ángulos de la fe probada de Abraham. En este verso que hoy estudiaremos nos va a hablar de la prueba de fuego a la que fue sometido. Se le pidió abandonar la tierra de sus padres para ir en busca de la tierra prometida.

Según los hebreos, cuando él salió de allí rompió con la idolatría de sus parientes de una manera singular. Los israelitas explican a través de un midrash o relato lo que sucedió ese día en casa de Taré, el padre de Abraham.

Un día cuando su padre salió y lo dejó a cargo, narran, Abraham tomó un leño y destruyó todos los ídolos que su padre tenía en su hogar. Solo dejó uno sin hacerle nada. Cuando su padre llegó le dijo a Abraham qué había hecho. Él le contestó que nada, que los ídolos habían sido destruidos por el único que quedó sin que le sucediera nada.

Eso no puede ser posible, le contestó consternado su padre. No se puede mover ni hacer nada, le señaló. Entonces, Abraham le dijo a su padre: ¿Por qué, entonces, confías en ellos si no se pueden defender ni hacer nada por sí mismos? Su padre guardó silencio ante tal interrogante porque no supo que contestar.

Para animar a los desalentados creyentes hebreos del primer siglo, el autor de la carta a los Hebreos toma al padre de la fe para recordarles que ese hombre le creyó a Dios y salió de donde vivía para buscarle, en un claro ejemplo de los desafíos que tienen todos aquellos que siguen a Dios.

Una fe que se prueba y aprueba

Abraham: una fe que dirige

A. Cuando se obedece a Dios
B. Cuando se toman riesgos

Dice el autor de la carta a los Hebreos que Abraham fue llamado. La palabra llamado que utiliza el texto procede de la raíz griega “kaleó” que se traduce en ocasiones como “invitar” o “convocar”. En Hebreos 11: 8 tiene el sentido de invocar o llamar en el mismo sentido en el que dice Mateo 2: 15 “de Egipto llamé a mi hijo”.

A Abraham, Dios lo invitó, lo convocó, lo invocó y lo llamó para salir de su tierra para llevarlo, conducirlo, dirigirlo a un lugar que él desconocía. Se le dijo que saliera, pero no se le dio una dirección. La fe que desarrolló este hombre es aquella que nos da rumbo o nos da dirección o nos dirige.

La fe que nos enseña Abraham en este primer verso que habla de él en el capítulo once de la carta a los Hebreos nos lleva a reflexionar sobre la confianza en Dios que le da dirección a la vida de las personas. El padre de la fe no sabía a donde iba, pero le bastó saber que Dios le había invitado para dejarlo todo.

Génesis 12 nos da cuenta de lo que sucedió con Abraham en esos momentos. Le pidió que dejara a su parentela o familia y que dejará la casa de su padre. Con estas breves palabras se nos presentan las dificultades que vivió para salir de donde vivía. Dejaba a toda su familia y dejaba el hogar de su padre.

Eso lo hacen muchos, pero lo que nadie hace es salir a un lugar que no conoce. A un lugar que no sabe si existe. A un lugar del que nunca ha oído nada. Esa fue la fe de Abraham, una fe que dirige, una confianza en Dios que de ningún modo duda de que Dios sabrá llevarlo al mejor lugar para su vida.

A. Cuando se obedece a Dios

Dice nuestro texto que Abraham “obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia.” La fe va ligada inseparablemente de la obediencia. No se puede decir que tenemos fe y desobedecer a Dios o hacer nuestra propia voluntad. La fe se nutre de la lealtad a Cristo.

La palabra griega para obediencia es “hupakouó” que significa escuchar y atender o actuar bajo la autoridad del que habla. Obedecer es, entonces, oír y actuar en consecuencia de lo que se está pidiendo. El reconocimiento de la fe de Abraham estriba en el hecho de que salió de su residencia sin saber a donde iba.

El padre de la fe atendió las palabras que Dios le dirigió y se encaminó de inmediato al lugar que había de recibir como herencia. En realidad Abraham no necesitaba nada. Él salió de Harán con muchas riquezas. A Abraham no lo movía el hecho de que recibiría más. Estaba acostumbrado a tener. En realidad iba por la promesa de Dios.

Dios quiere dirigirnos siempre. Es un padre bueno que nos conduce y en ocasiones parece que no nos lleva a ningún lugar y allí es cuando uno se pregunta a dónde va nuestra vida, nuestra familia, nuestro hogar. Parecemos como un barco en medio del mar que ha perdido el rumbo.

La fe de Abraham lo dirigió. La fe es un faro, una guía y una luz en medio de la oscuridad. La fe jamás nos extraviará, pero la fe que obedece a Dios aún cuando no se entiendan las razones por las que se nos pide que hagamos tal o cual cosa. Los hebreos que leyeron esta carta que estamos estudiando se les recordó que el padre de la fe enfrentó el mismo dilema que ellos.

¿Qué dilemas o disyuntivas enfrentó Abraham? Salir o quedarse. El optó por aceptar la invitación que Dios le hizo. La fe lo dirigió a un lugar que estaba a cientos de kilómetros, pero lo hizo seguro de que Dios siempre sabe lo que hace y que jamás se equivoca cuando da una orden.

B. Cuando se toman riesgos

No es casual que el autor de la carta que meditamos diga: “y salió sin saber a dónde iba.” En realidad el escritor de la epístola quiere subrayar ese hecho inherente a la fe: creemos cosas que no vemos y vamos hacia un lugar que nadie ha conocido. Vamos al lugar al que ojo no ha visto jamás, ni se ha revelado a corazón alguno.

Y creer en cosas que no se ven e ir a un lugar donde nadie más ha estado es un desafío porque parecemos unos locos, como Abraham parecía haber perdido el sentido cuando dejó la tierra de sus familiares y su padre para salir a una “aventura” que nadie sabía como terminaría.

La fe, mis queridos hermanos en muchas ocasiones nos impone tomar riesgos. Pensar que con la fe estaremos exentos de incertidumbre o situaciones adversas es una gran equivocación. La confianza en Dios se prueba y aprueba en medio de situaciones complicadas y complejas.

Salir a un lugar que no se conoce, teniendo únicamente como argumento que Dios nos lo ha dicho es lo más disparatado en un mundo que necesita ver para creer. La fe que dirige se abre paso en medio de un mundo que nos enseña una y otra vez que salir a un lugar sin dirección puede resultar improductivo.

Pero la fe que dirige como la de Abraham nos enseña que Dios nos conduce sabiamente y que fue una bendición que al igual que el padre de la fe nos haya llamado o invitado a poseer la tierra prometida que es el cielo y hacia allá nos conducimos. La obediencia nos dirigirá correctamente.

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