Las preguntas de Jesús: ¿También ustedes quieren irse?

La Biblia dice en Juan 6: 67

Jesús les preguntó a los doce discípulos: —¿También ustedes quieren irse?

Introducción

La pregunta que hoy estudiaremos Jesús se la dirigió a sus doce discípulos. Fue una pregunta directa en medio de una desbandada de muchos simpatizantes cuando Jesús reforzó su discurso sobre el discipulado y sobre los costos de seguirlo como el deseaba que lo hicieran sus apóstoles.

Jesús los había llamado, los había invitado a seguirlo, los convocó, pero siempre de manera voluntaria. Su permanencia con el Maestro siempre estuvo marcada por su voluntad. Nunca como una obligación. El mejor ejemplo de esta verdad es Judas Iscariote que lo siguió hasta donde quiso.

La interrogante plantea la necesidad de detenernos y pensar si en realidad queremos seguir a Jesús. Si es un nuestro deseo continuar caminando con él o dejarlo y seguir nuestro camino que teníamos antes de conocerlo. La pregunta nos revela que Jesús no sometía a nadie o exigía que lo siguieran a la fuerza.

Es importante distinguir la clase de seguidores que somos o más bien saber por qué seguimos al Salvador. No hay que perder de vista que a Jesús lo seguían multitudes. Miles de personas iban tras él. Pero no todas estaban convencidas. Algunas en realidad eran convenencieras.

Ante esa realidad Jesús tuvo que sacudir a todos sus seguidores para hacerles conocer las razones por las que lo seguían. Jesús hizo una especie de filtro que permitiera distinguir a los verdaderos seguidores de los simpatizantes o quienes en realidad no tenía compromiso alguno con sus enseñanzas.

Al hacerlo, muchos de los que le seguían lo dejaron porque no les gustó lo que les dijo. Fue en ese momento cuando hizo esta pregunta a sus doce apóstoles a fin de que tomaran una decisión basada en su razonamiento y se convencieran de que a Jesús se le sigue voluntariamente, nunca a la fuerza.

Las preguntas de Jesús

¿Queréis acaso iros también vosotros?

El desafío para no claudicar

I. Cuando muchos desertan de la fe
II. Porque no tenemos a donde ir

Para mejor entender nuestro estudio de este día leamos el pasaje de Juan 6: 63-71 que dice así:

El espíritu es el que da vida; lo carnal no sirve para nada. Y las cosas que yo les he dicho son espíritu y vida. 64 Pero todavía hay algunos de ustedes que no creen. Es que Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién era el que lo iba a traicionar.65 Y añadió: —Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede. 66 Desde entonces, muchos de los que habían seguido a Jesús lo dejaron, y ya no andaban con él.67 Jesús les preguntó a los doce discípulos: —¿También ustedes quieren irse? 68 Simón Pedro le contestó: —Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna.69 Nosotros ya hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios. 70 Jesús les contestó: —¿No los he escogido yo a ustedes doce? Sin embargo, uno de ustedes es un diablo.71 Al decir esto, Jesús hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque Judas iba a traicionarlo, aunque era uno de los doce discípulos.

Seguir a Jesús es fácil cuando no hay problemas y cuando todas las cosas marchan perfectamente. No hay gran virtud o mayor gracia cuando a una persona o creyente le va muy bien en la vida y sigue adelante en su fe. Hasta es obvio que siga con Jesús. Cualquiera lo haría.

La verdadera proeza de una hijo de Dios es mantenerse con fe, a pesar de que las cosas se pongan mal o se descompongan completamente. Allí es donde se prueba al verdadero creyente, al hombre de confianza en Dios. Las pruebas son el termómetro que Dios utiliza para conocer lo que hay en nuestro corazón.

En esa pregunta vemos que Jesús no está interesado en la cantidad de sus seguidores, pero sí en su calidad. ¿Qué clase de seguidores van tras él y cómo tienen su corazón delante de Dios? son siempre interrogantes que el Señor hace para conocer el estado que guarda la fe de cada seguidor.

A Jesús le interesó conocer la condición de todos quienes andaban con él. Sus discursos fueron fuertes y directos para descubrir el corazón de ellos. Fue un hombre de palabras dulces, pero también endureció sus palabras para examinar a cada persona.

I. Cuando muchos desertan de la fe

A Jesús lo siguieron miles. De eso testifican los evangelios cuando dan cuenta de la multiplicación de los peces y los panes para alimentar a cinco mil personas sin contar niños y mujeres. La popularidad del Señor estaba fuera de toda duda.

Juan nos dice en el pasaje que estamos estudiando para comprender la pregunta, que Jesús reconoció o advirtió que muchos de los que iban con él en realidad no creían. Lo que nos plantea una inquietante primera conclusión: muchos pueden ir detrás de Jesús sin tener una convicción personal sobre el Salvador.

Una manera sencilla de saber cuando una persona en realidad no tiene un compromiso con Cristo ocurre en el momento en que se le confronta con la verdad. Generalmente esta clase de personas reaccionan con enojo y molestia. Al simpatizante le incomoda demasiado que lo confronten.

Cuando Jesús dijo que sabían quienes no creían en realidad estaba diciéndolo por Judas Iscariote, pero como lo dijo en público muchos de quienes lo oyeron fueron tocados por su conciencia y decidieron hacer pública su renuncia a seguir fingiendo algo en lo que no creían en absoluto y se alejaron.

El evangelio de Juan no nos dice cuantos le dieron la espalda en ese mismo momento a Cristo, pero podemos imaginarnos que fueron muchos de tal modo que la multitud se redujo sensiblemente y a partir de allí fue mermando hasta quedar un solo discípulo a la hora de su muerte.

Cuando los discipulos vieron que todos ellos se habían retirado quedaron sorprendidos y hasta desanimados. Es posible que le reprocharan a Cristo por perder “tantos seguidores” y de allí la pregunta que Jesús les lanza. No los consoló ni les dio palabras de aliento ante la desbandada de seguidores.

Por el contrario fueron desafiados a no cludicar con una pregunta que fue muy dura para ellos. Pero definitivamente necesaria para que afirmaran su fe. Para que hicieran un riguroso ejercicio de reflexión sobre si querían seguir caminando con Cristo o sumarse a quienes lo dejaron.

La pregunta de este día nos ayuda a entender la razón principal por la cual no podemos dejar de seguir a Jesús…

II. Porque no tenemos a donde ir

Los discípulos contestaron a través de Simón Pedro con una respuesta categórica: ¿A quién iremos? Si solo tú tienes palabras de vida eterna que revela que los doce habían comprendido que lo que Jesús decía y enseñaba era profundamente revolucionario. Nadie jamás había hablado y enseñado como él.

Ellos sabían que no podían claudicar porque no tendrían a donde ir. Cada enseñanza del Señor, cada gesto, cada acción a favor de los necesitados no lo podrían encontrar en ningún otro lado y hacia ellos mismos. Rápidamente hicieron un ejercicio mental y descubrieron que fuera de Cristo no hay nada.

Y ellos no se irían a ningún lado porque ellos sí habían creído. Se van lo que no han creído y se fueron los que no habían tenido fe, pero ellos no porque habían descubierto que Jesús era el Cristo y el Hijo del Dios viviente. ¿Cómo abandonar al Mesías si era la esperanza de Israel?

¿A dónde se puede ir fuera de Cristo? A ningún lado. Nadie puede ofrecernos lo que él nos ofrece. Nadie puede darnos lo que él nos da. Nadie puede amarnos como él no ama. No tenemos un lugar más seguro que sus brazos de amor. No hay sobre la tierra un sitio donde podamos estar más confiados que a su lado.

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