De los insultos y como enfrentarlos

La Biblia dice en Juan 8:48

“…¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano?…”

En todas las culturas y en todas las naciones, los pueblos y los hombres han desarrollado a lo largo de los tiempos diversas modalidades para ofender, insultar, lanzar improperios, denostar y agredir verbalmente a las personas con el objetivo de incomodar, lastimar y casi siempre para hacer sentir mal.

Resaltar un rasgo físico para burlarse parece un deporte en el que todos los seres humanos participan o usar a un pueblo o un grupo de personas para reírse de los demás es una acción muy cotidiana en todos los lugares.

Al igual que muchos pueblos, los judíos del primer siglo tenían una serie de expresiones y modismos para injuriar y afrentar a las personas, particularmente a aquellos que incomodaban por sus palabras y sus acciones y rompían el status quo que debería de imperar.

Una de sus expresiones favoritas, entre muchas otras, era gritarle a sus compatriotas que eran samaritanos. La expresión estaba cargada de discriminación, además de convertirse en una grosería para quien la recibía porque el menosprecio hacia ese grupo de personas era amplio y lastimoso.

Los samaritanos era un grupo de personas que habitaban entre las regiones de Judea y Galilea. Eran el resultado étnico entre judíos y gentiles que un proceso de mezcla de razas iniciado 700 años antes de Cristo cuando se pobló esa zona, luego de la destrucción de Samaria siete siglos antes de las nacimiento de Jesús.

Para los judíos “puros” un samaritano era un ser despreciable y aborrecible por ser “la mezcla” de un pagano (gentil) y un hijo de Abraham (hebreo). La condición de los samaritanos era para la mayoría de judíos casi de escoria social. Por ello, cuando la clase sacerdotal se sintió agraviada por las palabras y obras de Cristo, su primer recurso fue gritarle en muchas ocasiones que era samaritano.

Sin embargo es interesante notar que Cristo jamás respondió a ese insulto. Esas expresiones no hacían mella en el Señor y ante la grosera actitud de sus detractores, el Señor siempre mantuvo la calma y la tranquilidad. Nunca respondió en los mismo términos ni en otros. A la insolencia es mejor quedarse callados.

En un mundo donde de manera reiterada se ofende a través de estereotipos, conviene recordar cotidianamente la actitud de Cristo frente a los insultos e improperios: silencio y mesura.

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