Salmo 28: Cuando el mal acecha, implora a Dios

La Biblia dice en el Salmo 28:

A ti clamaré, oh Jehová. Roca mía, no te desentiendas de mí, para que no sea yo, dejándome tú, semejante a los que descienden al sepulcro. 2 Oye la voz de mis ruegos cuando clamo a ti, cuando alzo mis manos hacia tu santo templo. 3 No me arrebates juntamente con los malos, y con los que hacen iniquidad, los cuales hablan paz con sus prójimos, pero la maldad está en su corazón. 4 Dales conforme a su obra, y conforme a la perversidad de sus hechos; dales su merecido conforme a la obra de sus manos. 5 Por cuanto no atendieron a los hechos de Jehová, ni a la obra de sus manos, Él los derribará, y no los edificará. 6 Bendito sea Jehová, que oyó la voz de mis ruegos. 7 Jehová es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón, y fui ayudado, por lo que gozó mi corazón, y con mi cántico le alabaré. 8 Jehová es la fortaleza de su pueblo, y el refugio salvador de su ungido. 9 Salva a tu pueblo, y bendice a tu heredad; y pastoréales y susténtales para siempre.

Introducción

Uno de los más grandes retos que los justos tienen día con día es luchar contra la maldad. La maldad está presente no solo en el exterior, sino también en su interior. La naturaleza caída quiere dominar, controlar, influir, mover y determinar las acciones de todos los seres humanos. El piadoso debe resistir.

David nos lleva por ese recorrido donde se necesita el auxilio y ayuda de Dios para enfrentar la maldad y a los malvados. Es una lucha sin cuartel. Una lucha despiadada que sin la ayuda divina será difícil salir adelante y resistir. Es muy riesgosa porque una derrota estrepitosa nos puede llevar a la muerte. No hay que olvidar que la paga del pecado es muerte.

El salmo veintiocho fue escrito por David cuando ya reinaba sobre Jerusalén y tenía la responsabilidad de dirigir a su pueblo. La responsabilidad que había asumido era extremadamente delicada. Requería la ayuda divina para tal encargo, pero ante todo requería el acompañamiento celestial para luchar contra sus propias dificultades.

Este salmo es rico en definiciones sobre Dios. David declara que es su Roca, una de las figuras más utilizadas en el libro de los salmos. Es su refugio seguro donde nadie puede alcanzarlo. También utiliza: Dios es mi fortaleza. Dios es mi escudo, también es mencionado en esta plegaria.

Hay en este rezo un dejo de lucha y combate contra la maldad y sus representantes, los malvados. David desea con toda su alma que Dios lo sostenga en medio de esa guerra que vive a diario y por ello implora, suplica, ruega, clama a Dios para que lo sostenga y no lo deje caer.

Salmo 28: Cuando el mal acecha, implora a Dios

I. Para evitar el destino de los malvados
II. Con la seguridad de que serás auxiliado
III. Él sera tu refugio eterno

David sabe perfectamente que la maldad se castiga de diversas maneras, una de ellas es la muerte. Conoce que el mal arrastra de una manera que de una día para otro un justo puede ser arrastrado. Es un riesgo que está allí siempre porque la maldad acecha a los piadosos como a nadie más. En realidad un malvado disfruta lo que hace.

El problema con la maldad es que siempre acecha. Agazapada, encubierta sutilmente y a veces perfectamente disfrazada se planta ante quienes quieren hacer el bien o vivir de acuerdo a los preceptos que Dios establece en su palabra, la maldad es capaz de hacerlo tropezar y caer.

El autor de esta oración conoce la debilidad de todos nosotros porque sabe de la suya. Uno de los grande méritos de este salmo es que nos ayuda a poner atención en el tema de la maldad. Nadie puede presumir o alardear que es inmune. Todos podemos caer. Pablo decía: el que piense que esta firme, mire que no caiga.

Por eso el salmo comienza justamente con un clamor, un ruego, súplica. David implora que Dios lo ayude. Nadie en ningún tiempo podrá jamás luchar contra la maldad en solitario. Menos dándole la espalda al Creador. El mal se enfrenta tomado de la mano de Dios para salir avantes.

David declara que Dios es su Roca. Esta frase es muy común en el libro de los Salmos. La figura retórica que compara a Dios como una roca la encontramos en Deuteronomio 32: 4 que dice así:

El es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios es verdad, y sin ninguna iniquidad en él. Es justo y recto.

Moisés escribió esta verdad para resaltar la presencia de Dios entre el pueblo de Israel como su apoyo y defensa. Esta frase o esta figura retórica la encontramos en los salmos 18: 2, 46, 19: 14, 31: 3, 62: 7, 71: 3, 89: 26, 94: 22, 95: 1 y 114: 1.

Esta reiteración nos enseña la necesidad de contar a Dios como nuestro gran ayudador y defensor, sobre todo en situaciones como la que nos presentará David en este salmo.

I. Para evitar el destino de los malvados

El rey David no quiere terminar como terminan los malvados. El desea con toda su alma que Dios lo guarde y proteja de tal manera que su fin no sea igual al de aquellos que viven y andan en sus perversidades y eleva esta plegaria para implorar que Dios no lo abandone en este lucha.

Lo hace con tres peticiones o solicitudes que forman parte de una interesante manera de demandar la atención de parte del Señor.

A. No te desentiendas de mí

La palabra que la versión Reina Valera traduce como “no te desentiendas de mí” procede de la raíz hebrea “charash” que comunica la idea de alguien que no oye porque está sordo. David no quiere que Dios se desentienda de él como uno sordo se desentiende su realidad porque no logra escuchar.

David entiende que cuando Dios guarda silencio o se queda sin decir nada más el peligro es grande por eso dice que si Dios lo deja será semejante a los que descienden al sepulcro, una manera de referirse a la muerte. Los riesgos son muchos cuando el Señor deja de atender nuestras peticiones.

B. Oye la voz de mis ruegos

La palabra o el verbo “clamar” o “clamor” se repite dos veces en este salmo. En el verso uno y en el verso dos. La palabra procede de la raíz hebrea “qara” que significa “alzar la voz o producir un sonido fuerte”. Clamar esta asociado a gritar o lanzar palabras en alta voz para ser escuchado.

David le pide a Dios que oiga la voz de sus ruegos y lo hace justamente clamando. No es que Dios esté lejano o distante, sino más bien la necesidad del rey es tan grande que quiere que Dios atienda sus peticiones y lo hace con todas sus fuerzas. Llama su atención de esa manera para que lo atienda.

C. No me arrebates juntamente con los malos

David no quiere tener el mismo destino que los malvados. Sabe perfectamente que por su maldad los perversos son llevados o arrastrados hasta pagar cada una de sus fechorías. Por eso le pide y ruega al Señor con todo su corazón que bajo ninguna circunstancia le haga correr las misma suerte de los malhechores.

Los malvados van como ovejas al matadero. David quiere que el Señor no le permita ser como ellos y por eso clama como quien se ve en gran peligro y la única forma de ser escuchado es alzando la voz. Dice que una de las razones por las que Dios castiga a los impíos es por su hipocresía: “hablan paz con sus prójimos, pero hay maldad en su corazón.”

En el verso cinco sigue con esta idea: “Por cuanto no atendieron a los hechos de Jehová, ni a la obra de sus manos. Él los derribará y no los edificará. Los malvados son incapaces de atender y entender lo que Dios hace. Qué difícil es para ellos reconocer que Dios es poderoso.

David no quiere saber nada de ellos y por eso en el verso cuatro dice de la siguiente forma: Dales conforme a su obra, y conforme a la perversidad de sus hechos; dales su merecido conforme a la obra de sus manos. Es claro que David quiere de todas formas excluirse de ellos.

La maldad a nadie paga bien. La maldad castiga a los malvados que paradójicamente son sancionados con sus propias acciones.

II. Con la seguridad de que serás escuchado

David nos deja una hermosa lección en este salmo: clama a Dios con la seguridad de que Dios te escucha. El verso seis y siete dicen así: . 6

Bendito sea Jehová, que oyó la voz de mis ruegos. Jehová es mi fortaleza y mi escudo; En él confió mi corazón, y fui ayudado, Por lo que gozó mi corazón, Y con mi cántico le alabaré.

David fue oído. El clamor a Dios tiene esa gran bendición: hace que Dios voltee a vernos cuando nos dirigimos a él con todo nuestro ser. Bendice a Dios porque oyó su voz. Que satisfacción tan grande experimentamos cuando descubrimos que el Creador atendió nuestra súplica.

Pero también David dice que confió en Dios y fue ayudado. Indiscutiblemente que en nuestra lucha contra el mal necesitamos de manera vital la ayuda del Creador. Nuestro Dios representa siempre el bien. Cuando luchamos contra el mal hacemos equipo con Dios y siempre nos auxiliará.

Cuando hacemos mal o caemos en la senda de la maldad nos convertimos natural y automáticamente en enemigos del Señor que ama la verdad y la bondad y aborrece infinitamente la maldad. Por eso David reconoce dos grande definiciones de quien es nuestro Dios.

Cuando peleamos por hacer el bien, Dios se convierte en nuestro escudo y nuestra fortaleza. Dos maneras de representar en Dios para expresar el gran cuidado que tiene hacia con nosotros en los momentos en que el mal acecha y queremos evitarlo y buscamos la bondad como forma de vida.

El autor del salmo está tan contento que eleva un cántico para alabar a Dios. La alabanza a Dios a través de nuestros labios es una manera de expresar nuestro júbilo cuando descubrimos que Dios nos ha ayudado y cuando confiamos en que siempre lo hará, sobre todo cuando la maldad se asoma en nuestra vida.

III. Él será tu refugio eterno

El salmo veintiocho termina con una plegaria suplicando a Dios que cuide del pueblo de Israel porque es su refugio eterno: 8 Jehová es la fortaleza de su pueblo, y el refugio salvador de su ungido. 9

Salva a tu pueblo, y bendice a tu heredad; y pastoréales y susténtales para siempre.

El pueblo judío lucha y ha luchado siempre contra la maldad. Fueron elegidos para mostrar el bien y David fue elegido como su ungido para dirigirlos, una tarea que requería mucha fortaleza y sabiduría. Debía encontrar una manera de salir adelante con ellos y lo hizo refugiándose en Dios.

Y desde allí le pide que su pueblo sea salvado, bendecido, pastoreado y sustentado para siempre.

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