Una cuarentena de impaciencia

La Biblia dice en Éxodo 32: 1 Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos que le haya acontecido.

La ausencia de Moisés por cuarenta días del campamento hebreo fue insoportable para sus compatriotas, que a pesar de haber sido libertados de la vergonzosa en infame esclavitud egipcia, no tuvieron la paciencia suficiente para esperar su retorno que se había retrasado por cuarenta días.

Moisés había sido convocado por Dios en el Monte Sinaí para recibir las tablas de la ley que contenían los diez mandamientos y se tardaba debido a ese importante evento, no solo para el pueblo judío sino para toda la humanidad, que recibía en el decálogo las instrucciones precisas para relacionarse con Dios y con su prójimo.

Ante ello ordenaron a Aarón que les fabricara dioses que los condujeran. Rápidamente se habían olvidado de las diez plagas en Egipto donde Dios les mostró su gran poder y en lugar de invocarlo pidieron “dioses”, acostumbrados a la cultura pagana egipcia donde había deidades por doquier y repitieron ese grave error.

Su ingratitud era enorme porque al no descender Moisés del Sinaí, en lugar de integrar un grupo de personas para salir en su búsqueda dieron por hecho que había muerto o estaba desparecido y que no volvería con ellos y por lo tanto decidieron buscar otro líder que los condujera. Su mejor carta fueron los “dioses”.

La impaciencia suele ser así en la vida de todos. Nos hace olvidar en primer lugar que Dios está en control de todo lo que sucede. Nada se sale de las manos de Dios porque su tiempo es perfecto y su soberanía domina personas, circunstancias, eventos y toda clase de situaciones.

También la impaciencia nos distancia de Dios porque comenzamos a confiar en nosotros mismos o en cualquier cosa menos en Dios. La falta de paciencia nos lleva a buscar “alternativas” que nos ayuden a resolver ciertos problemas, sin considerar que tal vez Dios este provocando esa situación, que para nosotros parece un gran problema.

Una cuarentena sin Moisés fue suficiente para que los hebreos construyeran un becerro de oro que los condujera a la tierra prometida en un hecho idolátrico que despertó la furia de Dios y de no haber sido por la intervención de Moisés hubieran sido destruidos todos por tal temeridad.

Apresurarnos a tomar nuestras propias decisiones porque no podemos esperar más en Dios, siempre tiene el riesgo de construir “dioses” que tarde o temprano nos mostrarán lo fútiles que son.

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