Las preguntas de Jesús: ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?

La Biblia dice en Lucas 6: 41

¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?

Introducción

Todos los seres humanos somos muy severos con los errores de los demás, pero extremadamente indulgentes con nuestras equivocaciones, sea cual sea su tamaño. Lo que nosotros hacemos mal o de malas solemos justificarlo de mil maneras, pero los yerros de los demás difícilmente pasan por la aduana que nosotros le ponemos.

En los evangelios de Mateo y Lucas, Jesús hace la pregunta que hoy estudiaremos y al igual que otras interrogantes la respuesta de ésta no la da ni Jesús, ni sus discípulos, ni las multitudes que solían acompañarlo. Es una pregunta que quedó ahí para cada uno de sus seguidores de todas las épocas y generaciones. 

Los seres humanos, creyentes o incrédulos tenemos un problema grave con lo que hacen los demás porque somos prontos a reprobar, censurar, reprochar, criticar, oponernos y acusar a nuestro prójimo. Jesús lo sabía perfectamente por eso hizo este cuestionamiento.

Es tan grave el problema que Jesús lo presentó de una manera muy ilustrativa para que lo evitáramos a toda costa. Nada perjudica más nuestra vida que solo andarnos fijando en lo que hacen o dejan de hacer las personas. Ofendemos a Dios cuando lo hacemos porque nos entrometemos en la vida de amigos, familiares, vecinos y conocidos.

La forma en que Jesús presentó esta pregunta nos ayudará para estudiarla porque hay que decirlo, la pedagogía de Jesús es simple para que podamos comprender. No tiene uno que ir a ninguna universidad para entender que es muy grave fijarnos en la vida de los demás sin reparar en nuestra propia vida.

Jesús buscaba y busca que sus seguidores tenga la fuerza espiritual necesaria para fijarse exclusivamente en lo que hacen para mejorar su conducta o sus actitudes y no andar buscando pecados o errores en los otros. Como si Dios no supiera lo que cada uno de nosotros hace.

La pregunta que hoy estudiaremos nos confronta con esa parte oscura que todos tenemos: la de juzgar a los demás sin reparo, sin consideraciones y muchas veces sin compasión alguna, ocupando el lugar que le corresponde única y exclusivamente a él porque es el dueño del mundo y de los que en él habitan.

Las preguntas de Jesús

¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?

La necesidad de dejar de criticar

I. La facilidad de encontrar fallas en los demás
II. La dificultad de encontrar fallas en nosotros

Me gusta mucho una de las peticiones que David le dirigió a Dios en Salmos 19: 12 que dice así:

¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos.

David admitía en ese texto la gran dificultad que todos tenemos de conocer y reconocer nuestros propios errores porque a veces se nos ocultan y otras veces los ocultamos de nosotros mismos. Y aún así buscamos los errores en los demás.

Jesús quería y quiere que nosotros dejemos de criticar a los demás por lo que hacen, por lo que dicen, por lo que visten, lo que comen o por con quienes se llevan. Solo por citar algunas de las razones por las que tanto hablamos de los otros. Nuestras relaciones humanas están marcadas por la forma en que nos llevamos con quienes nos rodean.

I. La facilidad de encontrar fallas en los demás

La historia de Natán llevando a David a reconocer su pecado con Betsabe es una manera muy ilustrativa para ver como es que podemos detectar fácilmente el error de otros y sancionarlos de inmediato. Aquí la historia de 2º Samuel 12: 1-6.

Jehová envió a Natán a David; y viniendo a él, le dijo: Había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. 2 El rico tenía numerosas ovejas y vacas; 3 pero el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su bocado y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su seno; y la tenía como a una hija. 4 Y vino uno de camino al hombre rico; y éste no quiso tomar de sus ovejas y de sus vacas, para guisar para el caminante que había venido a él, sino que tomó la oveja de hombre pobre, y la preparó para aquel que había venido a él. 5 Entonces se encendió el furor de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán: Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte. 6 Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia.

David vio muy fácilmente la paja que había en el ojo ajeno. Lo que ignoraba por completo es que en realidad Natán estaba hablando de él y no de otra persona. Tal vez si hubiera ido a decirle directamente que se trataba del rey de Israel no hubiera reaccionado de esa manera, sino de otra totalmente diferente.

Estas son algunas verdades que surgen de este relato sobre lo fácil que resulta ver los errores de los demás.

1. Siempre tenemos tiempo para oír

Cuando se trata de hablar de los demás tenemos todo el tiempo del mundo. No importa si nos desvelamos o no comemos bien. Si hay algo que saber de otro. Nos tomamos el tiempo que sea necesario. David no le dijo a Natán que estaba muy ocupado, sino que lo escuchó pacientemente.

2. Nos enojamos

Cuando lo que nos cuentan de otros resulta “terrible” nos enojamos. El enojo o la ira depende de si nos afecta o no, pero muchas veces aunque no nos afecte nos molestamos con la persona que cometió la falta, aunque no sea nuestro familiar, amigo o vecino. Nos indignamos y así nos sentimos mejor que los demás.

3. Enjuiciamos

Después de oír a Natán, David emitió un juicio. Pidió que ese hombre que había abusado de ese pobre hombre debía ser muerto y pagar con cuatro tantos. Ver la paja en el ojo ajeno nos hace jueces, algo que irrita en sobremanera a Dios porque él es el único juez de toda la tierra y al juzgar a los demás usurpamos su trono.

Es una verdad incontrovertible que reaccionamos muy rápida y fácilmente ante las equivocaciones de los otros por un problema de superioridad que sentimos cuando oímos que nuestro prójimo falla.

II. La dificultad de encontrar fallas en nosotros

De manera proporcional, así como encontramos fácilmente errores en nuestros semejantes, así nos disculpamos con nosotros mismos cuando se trata de nuestras equivocaciones que pueden ser más grandes que la de otros. Jesús le llamo viga, algunas versiones dicen tronco y algunas más severas, árbol.

En Génesis 38: 24-26 encontramos el siguiente relato que aborda esta problemática.

Sucedió que al cabo de unos tres meses fue dado aviso a Judá, diciendo: Tamar tu nuera ha fornicado, y ciertamente está encinta a causa de las fornicaciones. Y Judá dijo: Sacadla, y que sea quemada. 25 Pero ella, cuando la sacaban, envió a decir a su suegro: Del varón cuyas son estas cosas, estoy encinta. También dijo: Mira ahora de quién son estas cosas, el sello, el cordón y el báculo. 26 Entonces Judá los reconoció, y dijo: Más justa es ella que yo, por cuanto no la he dado a Sela mi hijo. Y nunca más la conoció.

La historia de Tamar y Judá nos muestra como con nuestras equivocaciones somos extremadamente indulgentes.

Cuando se enteró de que su nuera estaba embarazada de inmediato se fue contra ella y ordenó que fuera quemada. Pero cuando supo que el padre de la criatura era él mismo cambio inmediatamente y hasta la llamó justa. Cuando nuestros errores son expuestos cambiamos radicalmente.

Cuando Judá reconoció que el error de Tamar también era suyo, reaccionó de manera distinta.

Jesús espera que nosotros entendamos esta verdad y que la apliquemos a nuestra vida diaria. Nada más grave que criticar a otros, sin detenernos a pensar que cometemos los mismos errores e incluso peores. 

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