Pon los ojos en Cristo

La Biblia dice en Hechos 3: 12 Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?

La impresión que causó la sanidad de un cojo de nacimiento que sentaban a la puerta del templo llamada la Hermosa a fin de pedir dinero para paliar su profunda pobreza, fue tan grande que todas las personas que atestiguaron el milagro dirigieron sus miradas a Juan y Pedro, pensado que ellos habían hecho esa maravilla.

Pedro reaccionó de inmediato y les hizo ver que estaban equivocados si pensaban que lo que ellos habían hecho procedía de alguna virtud suya. Ni su poder, ni su piedad habían hecho que ese hombre se levantara de su postración de toda la vida y que empezara a caminar y a valerse por sí mismo.

El apóstol que había negado tres veces al Señor y que se había redimido con Cristo ante esa falta, los remitió al origen de ese milagro. Con dos preguntas, Simón, a quien Cristo llamó Pedro por su testarudez, les aclaró que la transformación de un hombre no puede surgir del hombre mismo, sino de un poder superior, en esta caso, de Cristo Jesús.

Años de postración de ese hombre que pedía limosna a quienes ingresaban por esa puerta al templo de Jerusalén fueron pausados para siempre gracias al poder de Jesucristo, quien recién había resucitados y había sido llevado al cielo. Cincuenta días después de su cruenta muerte había enviado su bendito Espíritu Santo y había operado esa sanidad.

Pedro rechazó, como todos debemos rechazar, cualquier reconocimiento personal. Pedro había entendido perfectamente que las personas jamás deben poner su mirada en los hombres ni para bien, ni para mal. Los seres humanos somos tan proclives a caer en la tentación de “endiosar” hombres y mujeres, que cuando caen arrastran tras sí a muchos.

Nada de lo que se hace en Cristo nace por voluntad humana. Es Dios quien opera todo. Es quien hace milagros, es quien habla a través de la exposición de su palabra. Todos deben saber eso para evitar cualquier intento de vanidad personal. Todo lo hace él. Nada nace de los hombres. Lo deben saber quienes han orado y las personas han sanado.

Pero, sin duda alguna, lo deben saber todos porque así pondrán la mirada en el Señor y no en sus enviados. Mirarán a Cristo y no a sus discípulos. Pedro pudo haber hecho “alarde” de su poder sanador, pero remitió a todos a Cristo porque la fuente de todo poder es Cristo, nadie más.

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