Alegres por las obras del Señor

La Biblia dice en Salmos 92: 4 Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras; en las obras de tus manos me gozo.

El salmo noventa y dos fue compuesto para utilizarse durante la celebración del día de reposo entre los judíos. La Torá judía imponía a los hebreos dejar toda labor el séptimo día y dedicarse a la lectura de la palabra de Dios, la oración y la meditación, todas ellas acompañadas con cánticos.

El shabat se convirtió así en la celebración más importante de los israelitas porque su celebración es estrictamente familiar. Los padres bendicen a los hijos, los hermanos se bendicen entre ellos y todos de manera festiva consumen una rica comida preparada para la ocasión. Es una celebración netamente familiar.

El propósito central de la celebración es recordar que Dios creó todo lo que vemos en seis días y el séptimo reposó de todas sus obras. El libro de Génesis precisa con toda exactitud el proceso creativo del Señor para llegar a tener la tierra, los mares, los ríos, las montañas y todos los animales que pueblan la tierra.

En el verso que hoy meditamos el salmista recuerda precisamente ese hecho y nos revela que el propósito que Dios tenía al crear de la nada todo lo que nuestros ojos era alegrarnos. El día de descanso fue hecho para alegrarnos, para recordar que nuestro Dios es perfecto y poderoso porque en la naturaleza todo tiene su lugar. Nada está de más, ni de menos.

Bajo ningún motivo el día del Señor se debía o se debe convertir en una carga, sino en un motivo de alegría. Así lo entiende el salmista por eso le dice al Señor que en las obras de tus manos me gozo. Dios hizo el séptimo día para que nos alegrarnos y debemos responder con alegría.

Cada sábado los judíos leían este salmo para recordarse que si algo debe privar nuestras celebraciones a Dios es la alegría. No cabe bajo ningún motivo una celebración triste o sin entusiasmo. Qué decepción celebrar las obras de Dios sin regocijo. Es como restarle sus grandes méritos que tiene.

Los cristianos heredamos de los hebreos un día para celebrarlo. El primer día de la semana se convirtió en el punto de encuentro de la iglesia primitiva. Si bien difiere en forma con la celebración hebrea, en el fondo se mantiene el mismo motivo: celebrar a Dios con todo nuestro corazón y con la actitud correcta.

Dios merece una celebración jubilosa porque nosotros además de reconocer su inmenso poder para crear todo lo que vemos, festejamos que a nosotros, los gentiles, nos adoptó para ser también su pueblo. Un pueblo redimido por su sangre. Con mayor razón debemos llegar con alegría ante su presencia para exaltarlo con regocijo desbordado.

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