Obediencia ciega

La Biblia dice en Daniel 3: 18 Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.

De esa manera contestaron Ananías, Azarías y Misael, jóvenes que habían sido llevados cautivos a Babilonia a la exigencia que Nabucodonosor había demandado a todos los súbditos de su reino para que se postraran ante un grande monumento que en su honor había sido edificado, en una clara manifestación de culto a su persona.

Los muchachos, a quienes el propio monarca babilónico había cambiado sus nombres para llamarlos como sus dioses, Sadrac, Mesac y Abed-nego con la finalidad de que dejaran sus creencia en el Dios de Israel, se negaron rotundamente a pesar de que pesaba condena de muerte para quien no lo venerara la imagen del tirano gobernante.

Los babilonios eran sanguinarios. La historia universal relata sus tratos con las naciones que conquistaban. A la mayoría de los pueblos que subyugaban los llevan al exilio y una vez en su nación los maltrataban y torturaban. Ese fue el caso del pueblo judíos que siempre llevó su fe a donde iba, a pesar de que habían pecado algunos, otros se mantenía sin asimilarse.

Para evitar la resistencia a las ordenes que dictaba el rey, diseñaron un horno de fuego al que aventaban a quien se negara a acatar disposiciones como la de adorar una estatua con la figura del gobernante en turno. Ananías, Azarías y Misael sabían perfectamente que su desobediencia podría ser castigada con esa espantosa muerte.

Aún así, decidieron mantenerse sin rendir tributo a esa imagen. Lo hicieron con resolución sabiendo que Dios los podría salvar, pero lo que importante del verso que hoy meditamos es que lo hicieron también independientemente de sí Dios los ayudaba o no los ayudaba, es decir su obediencia estaba por encima de lo que hiciera Dios.

En realidad esa es la gran aportación de estos muchachos a nuestra vida. Obedecer siempre a Dios, sin considerar que nos salve o no nos salve. Atender los mandamientos no debe sujetarse nunca a si Dios nos salva o no nos salva. En cualquiera de los dos resultados debemos acatar lo que Dios diga. Lo que ocurra después pertenece a la soberanía de Dios.

Obedecemos a Dios por lo que él es y no por lo que hace. El podía salvarlos y los salvó, pero también podría no haberlos salvados. La fe de ellos radica precisamente en sujetarse a Dios, sin saber lo que sucederá ante una situación como la que vivieron: morir por su fe al rechazar la idolatría en su vida.

Ananías, Azarías y Misael son un claro ejemplo de obediencia ciega a Dios. No importa lo que suceda hagamos caso a Dios siempre. El sabrá como librarnos, si así es su voluntad.

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